El lugar no tenía nombre.
Porque nombrarlo era invocarlo.
Y algunas cosas, cuando despiertan, ya no vuelven a dormir.
Bajo la tierra, más allá de raíces milenarias y huesos que habían aprendido a callar, la Guardiana del Umbral aguardaba. Suspendida en el aire, como si el mundo no tuviera autoridad suficiente para obligarla a elegir una postura. Allí no regían las leyes de los vivos. Ni las de los muertos.
A su alrededor, el círculo se cerró.
Brujas oscuras.
Ni jóvenes.
Ni ancianas.
Eternas.
Sus rostros mutaban con el parpadeo de las antorchas negras: a veces bellos, a veces corroídos. La magia no las castigaba ni las embellecía; simplemente revelaba lo que eran. Lo que siempre habían sido.
—El equilibrio se ha roto —dijo una de ellas, con voz de ceniza—. El hechicero volvió.
La Guardiana sonrió.
No fue una sonrisa humana.
Fue la mueca de algo que lleva siglos esperando.
—Volvió sin poder —respondió—. O eso cree.
El murmullo fue inmediato.
La duda siempre era un arma peligrosa. Y ella lo sabía.
—Eligió el sacrificio —intervino otra—. Renunció a la piedra. Eso debió desterrarlo para siempre.
—Nada que renuncia por amor queda vacío —corrigió la Guardiana, clavando su mirada en el centro del círculo—. Solo cambia de forma.
Silencio.
La Guardiana descendió lentamente hasta tocar el suelo. Donde sus pies rozaron la piedra, esta se ennegreció, como si recordara viejas quemaduras.
—Elorian sigue protegido —continuó—. No por la magia… sino por los vínculos.
Y los vínculos son más difíciles de romper que cualquier hechizo.
—Entonces hay que corromperlos —dijo una bruja, ansiosa—. Matar a la princesa. Tomar al niño.
—No —respondió la Guardiana, con una frialdad impecable—. Eso sería burdo.
Y el amor, cuando se vuelve mártir, se vuelve leyenda.
El círculo se abrió.
Una nueva presencia avanzó entre las sombras.
Alto.
Envuelto en capas de cuero oscuro, marcadas con símbolos de dominio.
La corona del Oeste brillaba como un animal al acecho.
Garoh.
Rey del Oeste.
Hermano de Atronos.
Y todo lo que Atronos jamás quiso admitir de sí mismo.
—Siguen subestimando el poder del odio —dijo Garoh, con una sonrisa torcida—. Es más fiel que el amor. Y mucho más fácil de dirigir.
La Guardiana lo observó con interés. En sus ojos no había temor. Solo cálculo.
—Has cruzado fronteras que no te pertenecen, rey del Oeste.
—Siempre lo hice —respondió él—. Incluso al compartir sangre con el rey de Elorian.
Las brujas murmuraron.
El nombre de Atronos aún pesaba.
Y aún sangraba.
—Mi hermano se debilitó —continuó Garoh—. Protege a su hija. Protege a su nieto. Protege al hechicero que debería odiar.
—Porque lo necesita —dijo la Guardiana—. Porque sin Aldric, Elorian caerá cuando la oscuridad despierte por completo.
Garoh inclinó la cabeza, satisfecho.
—Exactamente.
Dio un paso más hacia el centro.
—Yo no quiero destruir Elorian —confesó—. Quiero gobernarlo.
Y para eso necesito su fuente.
—La magia de la princesa —susurró una bruja.
—No solo la suya —corrigió la Guardiana—. La que fluye entre ella… el niño… y el hechicero.
El nombre de Aldric vibró en el aire como una maldición antigua.
—Entonces estamos de acuerdo —dijo Garoh—. No hay que matarlos.
Sonrió.
Cruel.
Seguro.
—Hay que hacerlos elegir mal. Hay que enfrentarlos.
Recordarle al hechicero que el rey mató a Circe.
Recordarle a la princesa que su padre le quitó la magia cuando nació su hermano menor.
La Guardiana frunció el ceño.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó—. Ni yo lo sabía.
Garoh alzó el mentón.
—Lo hizo para que su hijo fuera poderoso —explicó—. Para que solo el varón tuviera la fuerza necesaria para vencerme.
Por eso necesitó la magia de Circe.
Un silencio espeso cayó sobre el círculo.
—Interesante —murmuró la Guardiana—. Podríamos manipular la verdad.
—Y también podríamos traer a Circe —rió una bruja—. Hacer que vea cómo Aldric la olvida… a ella y a su hijo.
—No —intervino otra—. Ella conoce Elorian. No caerá en la trampa.
Pero Aldric… —sonrió lentamente— Aldric sí podría caer.
Podemos hacerle creer que el rey utiliza a su hija para obligarlo a rendir cuentas a Atronos.
La Guardiana alzó una mano y el aire se tensó, vibrante.
—Evamora ama.
El hechicero ama.
Y el niño… sueña.
Hizo una pausa.
—Y eso debe cambiar.
Las brujas asintieron.
—Los sueños son puertas —dijo una—. Ya lo probamos.
—Y el odio —añadió Garoh— es herencia. Yo me encargaré de Atronos. De recordarle quién fue antes de ser rey.
La Guardiana cerró los ojos.
—Entonces el juego comienza.
El suelo tembló.
Muy levemente.
Como si Elorian, a lo lejos, acabara de estremecerse en sueños.
—Cuando el amor se enfrente a la culpa… —murmuró la Guardiana.
—Cuando la sangre pese más que la promesa… —continuó una bruja.
—Cuando el hechicero dude… —añadió Garoh.
La Guardiana abrió los ojos.
—Elorian arderá sin fuego.
Las antorchas negras se apagaron al mismo tiempo.
Y en la oscuridad absoluta, una certeza quedó flotando:
La guerra no comenzaría con ejércitos.
Comenzaría en el corazón de quienes más se amaban.
Y nadie —ni rey, ni hechicero, ni princesa— estaba preparado para eso.
Porque el mal no siempre destruye con armas.
A veces roba lo más sagrado de los hombres:
el amor.
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Editado: 09.01.2026