El Umbral no era un lugar.
Era una herida.
Un pliegue del mundo donde la luz llegaba cansada y la sombra respiraba con calma. Allí, el suelo latía como un corazón enfermo y el aire sabía a promesas rotas, a juramentos que nunca debieron hacerse.
La Guardiana del Umbral aguardaba.
Alta.
Delgada.
Inmóvil.
Su rostro parecía tallado en ceniza antigua, y sus ojos no miraban: pesaban. Como si cada mirada exigiera un tributo invisible.
Las brujas oscuras fueron llegando una a una, envueltas en capas vivas, hechas de susurros, recuerdos ajenos y restos de juramentos olvidados. Ninguna habló al principio. En ese lugar, las palabras cobraban precio.
Y allí se habían reunido nuevamente.
Para cazar a Elorian.
—El hechicero y el niño están juntos —dijo al fin la Guardiana, con una voz que no nacía de su boca, sino del suelo mismo—. Viajaron solos hacia los confines de Elorian.
El Umbral vibró.
—Que Gania entre en acción. Ahora.
La bruja nombrada inclinó la cabeza y, sin una palabra, se disolvió en la sombra, rumbo a aquel territorio desolado donde la magia sangraba lento.
Un murmullo denso recorrió el círculo.
—Sin magia —escupió una de las brujas, con una sonrisa torcida—. Un león sin colmillos.
La Guardiana alzó una mano.
Silencio inmediato.
—Ahí está su error —dijo.
Se acercó un paso más al centro del círculo.
—El corazón del hechicero sigue intacto.
Y eso… —sus labios se curvaron apenas— es más peligroso que cualquier conjuro.
El Umbral se estremeció, como si el mundo hubiera contenido el aliento.
Entonces, él cruzó el velo.
El aire se rasgó como tela vieja y apareció Garoh, rey del Oeste.
El antiguo brujo blanco que, por odio y traición, se convirtió en brujo oscuro. El único sentimiento que conocía era el rencor, pulido como una espada.
Su armadura era negra como una noche sin dioses. No brillaba: absorbía.
Su presencia hizo que dos brujas bajaran la cabeza sin darse cuenta.
—Guardiana —dijo, con una voz grave, entrenada para mandar incluso al vacío—.
Vengo a reclamar lo que me pertenece.
—¿La magia de Elorian? —preguntó ella, ladeando el rostro—.
¿O la caída definitiva de tu hermano?
Garoh sonrió.
No fue una sonrisa humana.
—Ambas cosas suelen venir juntas.
Las brujas se miraron entre sí. El juego había escalado. Y no había retorno.
—Atronos cree que el peligro murió con Aldric —continuó Garoh, caminando lentamente alrededor del círculo—.
Cree que el amor debilita.
Se detuvo.
—Yo sé que lo vuelve impredecible.
La Guardiana avanzó hasta quedar frente a él.
—Aldric es el eje —dijo—.
Mientras viva, Elorian resistirá.
No por su poder… sino por su elección.
Garoh apretó los puños.
—Entonces no lo mates.
Las brujas alzaron la vista, sorprendidas.
—Quítale lo único que no puede perder —prosiguió—.
Haz que elija mal.
Que dude.
Que ame… cuando no debe.
La Guardiana rió.
Un sonido seco. Antiguo. Peligroso.
—Eso ya está en marcha —susurró—.
Ama a Evamora.
Hija del hombre que le robó su pasado.
Inclinó apenas la cabeza.
—La ironía es deliciosa, ¿no crees?
Garoh asintió, satisfecho.
—Cuando Aldric caiga por amor, Elorian se arrodillará.
Y tú —añadió, mirándola fijamente— tendrás la magia pura que ansías.
—Haz tu trabajo —ordenó.
Garoh rió ante la orden, porque la Guardiana era la única capaz de doblegarlo… y ambos lo sabían.
La Guardiana extendió su mano. De su palma brotó una sombra viva, palpitante.
—Sella el pacto, rey del Oeste.
Garoh apoyó su mano sobre la de ella.
El Umbral gritó.
Las brujas comenzaron a cantar en una lengua que no perdonaba, una lengua que no prometía: condenaba.
El suelo se abrió apenas, como un ojo antiguo que despierta tras siglos de sueño.
—Entonces está decidido —declaró la Guardiana—.
La luz no caerá por la fuerza…
sino por el amor del único hombre capaz de salvarla.
Y muy lejos de allí, en Elorian,
sin saberlo aún,
Aldric sintió un frío antiguo recorrerle la espalda.
El juego había comenzado.
Un juego que él ignoraba.
Y que no solo robaría su vida…
sino su poder,
y el de cada eloriano vivo.
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Editado: 09.01.2026