Gania caminaba como quien ya había muerto.
No porque su cuerpo no respirara, sino porque el mundo había aprendido a no verla. Sus pasos no dejaban huella; la tierra no la reconocía. Así era el castigo del destierro: existir sin pertenecer.
Había sido bruja de luz.
De eso hacía ya muchísimo tiempo. Tanto, que no recordaba cuándo había sido la última vez que pronunció un conjuro sin miedo.
Había creído en el equilibrio.
Y había amado… y había perdido por creer en una mentira.
Su hermana la engañó. Le habló de traición donde había miedo, de poder donde había fragilidad. Y cuando Gania comprendió la verdad, ya era tarde: el odio había nacido… y el odio mata rápido.
La sangre de su hermana aún la despertaba por las noches.
Después vino el exilio.
Luego, las brujas oscuras.
No la buscaron por su poder, sino por su culpa. Porque las almas rotas alimentan mejor la oscuridad.
—Eres perfecta —le dijeron—. No porque seas fuerte… sino porque no tienes a dónde volver.
Y a ella, con sangre en las manos, no le importó.
Al principio.
Pero estaba cansada de rodar como una noria, siempre en el mismo círculo. Las brujas la habían usado hasta el cansancio, porque ni siquiera allí era alguien. Solo una paria oscura ocupando un rincón de la noche.
Y sin embargo… había vuelto.
Miró sus manos.
Allí seguía la sangre de su hermana, corriendo como un recuerdo que no cicatriza. Esas manos manchadas exigían redención. Y la única forma que conocía era advertir a Aldric. Revelar el plan de la Guardiana. El pacto con el rey del Oeste.
Había pagado un precio demasiado alto.
Era hora de que su vida regresara a su cauce.
De sanar un corazón ahogado en sombras.
Y si tenía que morir en manos del hechicero… lo haría.
Pero lo haría en paz.
Sabiendo que, por una vez, había elegido lo correcto.
El límite de Elorian la recibió con un silencio hostil. El aire era distinto allí, más denso, como si la tierra supiera que no debía confiar en ella.
Gania cerró los ojos.
Si voy a morir, pensó, que sea diciendo la verdad.
Lo encontró al anochecer.
Aldric estaba sentado junto al fuego. No conjuraba. No meditaba. Simplemente existía, como quien aprende de nuevo a habitar un cuerpo que ya no es eterno. Su rostro estaba más humano que nunca… y por eso más peligroso.
A su lado, envuelto en un saco antiguo, dormía su hijo.
Gania no se acercó enseguida.
—Si das un paso más, morirás —dijo él sin girarse.
Ella sonrió, cansada.
—Eso sería un descanso.
Aldric se volvió. Sus ojos se afilaron.
—Eres oscura.
—Fui luz —respondió ella—. Y esa diferencia lo es todo.
El silencio se tensó entre ambos.
—Vete —ordenó él—. Antes de que me arrepienta.
Gania dio un paso al frente.
—La Guardiana del Umbral planea destruir Elorian sin tocar una sola muralla.
El fuego crepitó.
—Habla —dijo Aldric.
Las palabras le pesaban como piedras.
—Quieren romperte a ti. Usarte. Hacerte dudar. Harán que enfrentes a Atronos. Te mostrarán verdades a medias. Usarán al niño. Usarán los sueños.
Levantó la vista.
—Y cuando elijas mal… Elorian caerá sin saber por qué.
Aldric se levantó de golpe.
—¿Por qué decirme esto?
Gania rió. Una risa breve, rota.
—Porque estoy cansada de ser el monstruo que ellos fabricaron.
Él miró sus manos. No temblaban. Pero estaban vacías.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó—. Las advertencias nunca son gratuitas.
Ella bajó la cabeza.
—Quiero perdón.
La palabra cayó al suelo como un cristal frágil.
—Maté a mi hermana —continuó—. No por odio… sino por creerle. Y ese error me persigue desde entonces. Las brujas oscuras no me eligieron por mi magia. Me eligieron por mi culpa.
Aldric la observó largo rato.
—El perdón no me pertenece.
—Lo sé —asintió ella—. Por eso no te lo pido como hechicero. Te lo pido como hombre.
El viento atravesó el claro.
—¿Sabes lo que duele? —dijo Aldric, avanzando un paso—. Volver de la muerte y descubrir que el mundo sigue lleno de decisiones imposibles.
Gania alzó el rostro.
—Por eso te lo advierto. Porque aún puedes elegir distinto.
Un instante.
Solo uno.
Aldric extendió la mano.
—Elorian no se salva con pureza —dijo—. Se salva con verdad.
Ella dudó.
Luego tomó su mano.
No hubo luz.
No hubo sombras.
Solo un peso antiguo que se alivianó.
—No serás bienvenida —continuó él—. No serás honrada. No serás olvidada.
—Con eso basta —respondió ella.
—Pero no volverás a caminar sola.
Entonces, una anciana vestida con lino antiguo emergió de la nada. Su presencia no rompió el aire: lo aquietó.
—Ella es la Guardiana de las Almas Perdidas —dijo Aldric—. Si hay perdón, será ella quien lo conceda.
La anciana tomó las manos ensangrentadas de Gania y recitó en una lengua que no pertenecía al tiempo:
—Calma el corazón herido.
—Purifica el alma rota.
—Ancla la luz donde hubo oscuridad.
—Oh Madre del Perdón, tierra de belleza y memoria.
La magia no ardió.
Respiró.
Y Gania sintió, por primera vez en siglos, que el frío de su corazón se derretía.
Una lágrima —una sola— cruzó su rostro.
—Gracias —susurró—. Por no hacerme monstruo otra vez.
La anciana soltó sus manos.
—No lo eras —dijo—. Solo estabas perdida.
Y mientras la noche caía sobre Elorian,
la primera grieta se abría en el plan de la oscuridad.
Porque cuando la verdad cambia de bando,
el destino tiembla.
Y esta vez…
toma revancha.
#2923 en Fantasía
#556 en Magia
brujas amor magia, fantasia y venganza, mundo oscuro y mundo de luz
Editado: 09.01.2026