Aldric regresó a Elorian con su hijo en brazos.
El amanecer lo encontró cruzando los portales de la Ciudad Blanca con el paso firme de quien ya murió una vez y aprendió que el miedo es un lujo inútil. Las murallas seguían intactas, los estandartes ondeaban, el pueblo despertaba entre rutinas pequeñas, ignorante de que el mundo estaba a punto de torcerse otra vez.
A su lado, Gaia caminaba en silencio, testigo fiel de lo que estaba por venir. No preguntó nada. Su calma no era indiferencia: era aceptación.
Aldric tampoco sentía miedo.
Y eso era lo más peligroso de todo:
la calma que llega cuando ya no queda nada que perder.
El Consejo fue convocado sin pregones.
Sin música.
Sin ceremonias.
Solo urgencia.
Cuando Aldric habló, no lo hizo como hechicero ni como leyenda. Habló como un hombre que había visto el Umbral abrirse por dentro y regresar con las manos vacías… y el corazón intacto.
—La Guardiana del Umbral no atacará con ejércitos —dijo—.
—Atacará con dudas. Con sueños torcidos. Con sangre compartida.
La sala se tensó.
—Garoh está con ella —continuó—. Y su odio no es reciente. Es antiguo. Metódico. Personal.
—No busca conquistar Elorian. Busca quebrarla desde adentro.
Atronos permanecía en silencio, rígido en su trono. No interrumpió. No negó. Porque, en el fondo, ya lo sabía.
—Vendrán por nosotros —añadió Aldric—.
—Por mí. Por Evamora. Por el niño.
—Quieren que elijamos mal cuando el tiempo se vuelva escaso.
Evamora apoyó ambas manos sobre la mesa. Ya no quedaba rastro de la princesa ingenua. La magia vibraba bajo su piel, alerta, viva.
—Entonces no esperaremos —dijo—.
—Prepararemos Elorian como si la guerra ya hubiese comenzado.
Los ancianos asintieron.
No porque fuera reina.
Sino porque tenía razón.
Atronos se puso de pie.
—Garoh no vendrá como hermano —admitió al fin—.
—Vendrá como rey del Oeste.
—Y yo no volveré a subestimarlo.
Fue la primera vez que Aldric lo miró sin rencor. No con afecto, pero sí con algo parecido a la aceptación amarga de una verdad incómoda:
el enemigo no siempre es simple.
Y el poder tampoco.
Kaelith fue llevado lejos del palacio ese mismo día.
Las cuevas antiguas de Eloria le dieron la bienvenida. No lo protegieron con muros ni con conjuros, sino con voces. Las guardianas más viejas lo rodearon y le contaron historias. Porque los sueños de un niño eran ahora un campo de batalla, y había que enseñarle a no abrir puertas sin nombre.
Evamora entrenó hasta que la noche la venció.
No para gobernar.
Para resistir.
Para no quebrarse cuando llegara el momento de elegir entre el amor y el reino.
Atronos envió mensajeros a tierras que había jurado no volver a nombrar. Viejos pactos. Viejas deudas. Cuando el odio regresa, solo lo antiguo sabe cómo enfrentarlo.
Y Aldric…
Aldric caminó solo hasta el límite del bosque.
No conjuró.
No rezó.
Hundió la mano en la tierra viva y habló en voz baja, como quien confiesa una verdad imposible de borrar.
—Ya no soy el mismo —susurró—.
—Y tal vez ya no sea el más poderoso.
—Pero si vienen por lo que amo… no habrá Umbral que los salve de mí.
La tierra respondió.
No con magia.
Con reconocimiento.
Muy lejos de allí, en un lugar donde la luz no se atreve a quedarse demasiado tiempo, la Guardiana del Umbral abrió los ojos.
Sonrió.
Las piezas se estaban moviendo.
Elorian se preparaba para defenderse.
Ella se preparaba para destruirla sin tocarla.
Porque la guerra que venía no se decidiría en campos abiertos,
sino en el instante exacto
en que un corazón dudara.
Y Eloria debía defenderse sabiendo la verdad más cruel de todas:
su guardián más temido
ya no era un dios,
ni un mito,
ni un arma perfecta.
Solo era un hombre.
Y aun así,
ninguna oscuridad estaba preparada para lo que un hombre sin poder
es capaz de hacer
cuando decide no retroceder.
La noche avanzaba.
Y ya nadie dormía inocente.
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Editado: 09.01.2026