El echizo de tus ojos

Cap. Treinta y seis- Sembrar las dudas

La Guardiana no entró a Elorian como enemiga.
Entró como duda.
No cruzó los portales con ejércitos ni estandartes. No hubo fuego ni estruendo. Su presencia se deslizó por la ciudad como una bruma tibia, amable, casi necesaria. Se coló en mercados, templos y hogares. No gritó acusaciones: susurró certezas falsas, que siempre son más peligrosas.
—Atronos hizo un pacto —decía—.
—Cambió el alma del reino por poder.
—La riqueza llegó después… ¿o creían que era casualidad?
Las palabras se repetían, mutaban, crecían.
Garoh caminaba a su lado, imponente, severo, con el gesto grave de quien carga una verdad incómoda.
—No vengo a reclamar tronos —aseguraba—.
—Vengo a advertirlos.
—El rey que gobierna Elorian no es el hombre que ustedes creen.
El murmullo se volvió oleaje.
El miedo es contagioso.
La duda, aún más.
Pero Atronos no huyó.
No se escondió.
No respondió con furia.
Salió al frente.
Solo.
Se plantó ante la muchedumbre reunida en la plaza frente al palacio, con el rostro descubierto y la voz firme de quien acepta el peso de sus decisiones.
—Si hice un pacto con alguien —dijo— fue con este pueblo.
—Y el precio fue mi sangre, mis errores y mi conciencia.
—No riquezas. No poder. No oscuridad.
Aldric estaba allí. No habló.
No hizo falta.
Su sola presencia —viva, entera, sin la sombra que decían lo había devorado— quebró parte de la mentira como un espejo mal sostenido.
El pueblo dudó.
Y esa duda fue la grieta que la Guardiana esperaba.
Entonces cambió de objetivo.
Giró lentamente hacia los padres de Aldric, y su voz se volvió suave, casi compasiva.
—¿Y ustedes? —preguntó—.
—¿Nunca se preguntaron por qué su hijo perdió su poder?
—¿Quién decidió que Coria debía unirse al linaje del rey?
—Ese vínculo los debilitó a ustedes… y lo fortaleció a él.
El golpe fue certero.
Viejo.
Cruel.
—Fue el rey —sentenció—.
—Para dominar lo que no comprendía.
La madre de Aldric palideció.
El padre dio un paso atrás.
—Eso no es verdad… —susurró ella.
Pero la duda ya había mordido.
Y entonces—
El aire cambió.
No hubo estruendo.
Hubo pureza.
Coria apareció en el centro del salón.
Descalza. Serena. Con los ojos encendidos como un amanecer que no pide permiso. No traía armas. No traía odio.
Traía verdad.
—Basta —dijo.
Y el mundo obedeció.
Las brujas que protegían a Garoh se movieron… tarde.
Coria alzó las manos y la luz brotó de ella, clara, insoportable. No quemó. No destruyó.
Reveló.
La magia tocó a las brujas oscuras y ellas gritaron, no de dolor físico, sino de despojo. La corrupción se desprendió de sus cuerpos como una piel muerta. Cayeron heridas, vencidas por aquello que jamás podrían poseer: lo puro.
Garoh retrocedió.
Por primera vez.
La Guardiana endureció el rostro.
—Yo no fui despojada —dijo Coria, con la voz firme—.
—Yo fui protegida.
—Mi poder no fue robado. Fue guardado… hasta que pudiera usarlo sin convertirme en lo que ustedes son.
Miró a los padres de Aldric.
—Jamás me quitaron mi esencia.
—Jamás me arrebataron un vínculo.
—La mentira es su arma porque la verdad los destruye.
Silencio.
Pesado.
Absoluto.
El pueblo comprendió.
No por discursos.
Por lo que había visto con sus propios ojos.
La Guardiana dio un paso atrás, sonriendo apenas, con los labios tensos.
—Esto no termina aquí —susurró—.
—Solo acaba de empezar.
Garoh la siguió, herido en su orgullo, con la sombra del fracaso clavada en la espalda.
Cuando desaparecieron, Elorian quedó en pie.
Herida.
Pero despierta.
Atronos bajó la cabeza.
No como rey.
Como hombre.
Aldric miró a Coria y supo que el juego había cambiado.
Porque la oscuridad había mostrado su rostro…
y Elorian había elegido creer.
Pero todos lo sabían ahora:
La próxima vez no vendrían a sembrar dudas.
Vendrían a cobrar el precio de haber fallado.
Y ese precio sería demasiado alto
si no estaban preparados.




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