El echizo de tus ojos

Cap. Treinta y siete- Hermanos y enemigos.

Garoh no dio tregua.
Jamás lo había hecho.
La noche aún no se cerraba del todo sobre Elorian cuando su luz oscura se vio en el horizonte del Reino del Norte. No como amenaza abierta, sino como recordatorio: sigo aquí.

La retirada había sido estratégica, no una derrota. Garoh nunca se iba del todo. Sabía esperar. Sabía herir sin tocar.
Atronos observaba desde la torre más alta.
El rey de Elorian no temblaba. Pero algo en su pecho sí.
Porque el enemigo que se acercaba no era solo el rey del Oeste.
Era su hermano mayor.
Su primer héroe.
El hombre al que quiso parecerse antes de aprender a ser rey.
—Siempre eliges la noche —murmuró—. Incluso ahora.
Garoh entró al salón del trono sin anunciarse, como si ese lugar aún le perteneciera. Alto, impecable, con esa seguridad insoportable de quien jamás dudó de sí mismo. Sus ojos recorrieron el espacio con desprecio contenido.
—Sigues usando piedra clara —comentó—.
—Nunca entendiste que los reinos fuertes se construyen con sombras.
Atronos bajó los escalones del trono.
No como un soberano.
Como hermano menor.
—Te di la bienvenida —dijo—.
—Te ofrecí diálogo.
—Te ofrecí paz.
Garoh sonrió. No con burla. Con decepción.
—Siempre tan ingenuo.
—Creí que al menos la corona te habría endurecido.
El silencio entre ellos no era vacío. Estaba cargado de años no dichos. De batallas evitadas. De admiración convertida en óxido.
—¿Por qué? —preguntó Atronos al fin—.
La voz se le quebró apenas—.
—¿Por qué destruir lo que también fue tu hogar?
Garoh lo miró largo rato.
—Porque nunca lo fue —respondió—.
—Siempre fui el heredero perfecto.
—El fuerte. El temido. El preparado.
—Y aun así… te eligieron a ti.
Las palabras cayeron como hierro.
—Te admiré —continuó Garoh—.
—No por lo que eras, sino por lo que creías.
—Pensé que un día dejarías de ser blando.
—Pero sigues creyendo que el amor gobierna reinos.
Atronos apretó los puños.
—Ese amor nos sostuvo cuando padre murió —replicó—.
—Ese amor evitó guerras que tú ansiabas.
—Ese amor me hizo rey.
Garoh dio un paso adelante.
—No —corrigió—.
—Te hizo débil.
La tensión era un hilo a punto de romperse.
—Yo te seguí —dijo Atronos, y esta vez no ocultó el dolor—.
—De niño.
—Cuando entrenabas, cuando partías a las fronteras.
—Eras mi ejemplo.
Garoh dudó. Solo un instante.
Suficiente para que doliera más.
—Y tú fuiste mi error —sentenció—.
—Creí que protegerte me humanizaba.
—Pero solo me retrasó.
Atronos sintió el golpe como si le arrancaran algo antiguo del pecho.
—Entonces hazlo —dijo—.
—Cruza esa línea.
—Conviértete en lo que dices ser.
Garoh se inclinó levemente, como ante un rival digno.
—No todavía.
—Primero haré que tu pueblo dude.
—Que tus aliados se quiebren.
—Que tu sangre elija entre reino y amor.
Se volvió hacia la salida.
—La próxima vez que nos veamos —añadió—,
—no hablaremos como hermanos.
Cuando se fue, el eco de sus pasos quedó suspendido en el salón.
Atronos apoyó la mano en la piedra fría del trono.
No lloró.
Pero algo se rompió definitivamente.
Porque perder una guerra duele.
Pero perder al héroe de la infancia…
eso deja cicatrices que ni un reino entero puede ocultar.
Y muy lejos de allí, Garoh sonreía.
La herida estaba abierta.
Y esta vez, pensó, no sanaría.




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