El día amaneció espléndido.
Injustamente espléndido.
Elorian brillaba como si no supiera que el mundo estaba al borde de otra caída. El cielo era limpio, de un azul casi insolente, y el aire olía a hierba viva y promesas que nadie se animaba a creer del todo.
Evamora fue la primera en llegar al claro.
Llevaba el cabello recogido, la túnica de entrenamiento ajustada al cuerpo, los pies descalzos tocando la tierra como quien saluda a una vieja aliada. La magia se movía bajo su piel con naturalidad, obediente… pero alerta.
Aldric apareció poco después.
Sin bastón.
Sin símbolos.
Y sin poder visible.
Solo un hombre.
—Llegas tarde —dijo ella, girándose apenas.
—Ya no corro como antes —respondió él, con una sonrisa cansada—.
—La muerte me dejó secuelas poco poéticas.
Evamora lo miró de frente. No con lástima. Nunca con eso.
—Entonces entrena —sentenció—.
—O apártate.
Aldric rió por lo bajo.
Eso también amaba de ella: no lo trataba como algo frágil.
Comenzaron sin palabras.
Movimiento.
Contacto.
Respiración medida.
Evamora atacó primero, rápida, precisa. Aldric respondió por instinto, y termino en el piso. Su cuerpo recordaba lo que su poder había olvidado. Aun así, el desfasaje era evidente. Llegaba tarde. Fallaba donde antes sobraba.
El suelo crujió bajo sus pies cuando ella lo desarmó y lo lanzó contra la hierba.
—Te contuviste —gruñó él desde el suelo.
—No —replicó ella—.
—Te respeté.
Eso dolió más.
Aldric se incorporó con el ceño apretado.
—Antes podía sentir la tierra —dijo—.
—El aire.
—Las decisiones antes de que ocurrieran.
Evamora bajó la guardia, pero no la mirada.
—Y ahora sientes miedo —dijo—.
—Eso también es poder.
Él avanzó otra vez. Esta vez sin pensar. El choque fue torpe, desordenado. Ella lo empujó, él cayó de rodillas.
La frustración le atravesó el pecho como una daga.
—No soy quien era —admitió, con la voz quebrada—.
Evamora se detuvo.
Se acercó despacio.
—No —dijo—.
—Eres más.
Aldric alzó la vista.
Ella se arrodilló frente a él, tomó su rostro entre las manos.
—Antes elegías por deber.
—Ahora eliges por amor.
—Eso no te quita fuerza. Te la redefine.
El silencio se volvió íntimo.
Cercano.
Peligrosamente hermoso.
Aldric apoyó la frente en la de ella.
—Amo a la hija del hombre que quise odiar —susurró—.
—Y eso me asusta más que perder la magia.
Evamora sonrió apenas. Esa sonrisa que no pedía permiso.
—Yo amo al hombre que volvió de la muerte…
—y aun así duda.
Se besaron.
No fue un beso urgente.
Fue un acuerdo silencioso.
De esos que se sellan sin testigos.
El mundo siguió girando alrededor, indiferente, pero por un instante Elorian respiró con ellos.
Cuando se separaron, Evamora apoyó la mano en el pecho de Aldric.
—Tu magia no se fue —dijo—.
—Solo cambió de lugar.
Él cubrió esa mano con la suya.
—Entonces protégeme mientras la encuentro.
—Siempre —respondió ella—.
—Pero no te acostumbres. Pienso exigirte.
Aldric rió, por primera vez sin peso.
El sol trepaba alto ya.
Y ese había sido un momento robado al caos que estaba a punto de desatarse.
Aunque la guerra se preparaba en las sombras,
en ese claro,
dos corazones aprendían a pelear juntos.
No con hechizos.
Con elección.
Y eso, incluso la Guardiana lo sabía,
era la magia más peligrosa de todas. Amar por elección.
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Editado: 09.01.2026