Kaelith no dormía.
No necesitaba dormir. Sus ojos estaban abiertos y, aun así, viajaba donde nadie más podía. El tiempo se doblaba a su alrededor, la realidad se volvía líquida, y Elorian se mostraba como podría ser… o como podría dejar de ser.
El niño estaba sentado sobre la piedra fría de su habitación, las manos sobre las rodillas, la respiración contenida. Ante él, la ciudad blanca se retorcía, sus calles y murallas se distorsionaban como si un soplo de viento sombrío las arrastrara hacia un abismo invisible.
Y allí, en el corazón de la visión, la vio: Evamora.
Cayendo.
No estaba herida.
Sino muerta.
En los brazos de Aldric.
El shock lo paralizó.
Su mente gritaba. No entendía. No podía. Aldric… su protector. Su guardian. Si padre.. ¿Cómo podía ser él?
—No… no puede ser —susurró Kaelith, aunque nadie escuchaba—. Nadie puede…
El sueño—o lo que fuera—se deformaba.
El suelo de Elorian se agrietaba.
El cielo se tornaba rojo, como sangre antigua.
Los gritos del pueblo eran ecos distantes.
Y él estaba allí, impotente, viendo el amor hecho ruina.
Algo más se coló en la visión. Una sombra familiar. La Guardiana del Umbral, flotando sobre la ciudad como una tormenta, sonriente, satisfecha.
A su lado, Garoh, silencioso, observando la caída de lo que Kaelith amaba.
Kaelith entendió una cosa: esto no era un sueño.
Era un aviso.
Una trampa. Una advertencia construida por la magia oscura para sembrar miedo y confusión.
El niño no estaba dormido, y aun así su mente se sentía atrapada entre lo que veía y lo que sabía que podía ser falso.
—Si esto es real… —murmuró—
—Si no lo es… entonces ellos quieren que lo crea.
El terror lo atravesó. Pero no el pánico que paraliza, sino uno que hace actuar.
Kaelith cerró los ojos, respiró hondo y abrió la mente: imágenes, sensaciones, presencias… todo a la vez. Cada hilo de magia oscura que intentaba colarse por su conciencia lo golpeaba, pero él lo contuvo.
—No seré engañado —dijo—.
—No dejaré que conviertan la verdad en miedo.
En la distancia, un susurro recorrió su oído, cálido, familiar: Aldric.
No era su voz de sueños ni de visión. Era real, casi tangible, como un hilo que lo conectaba con lo que realmente importaba.
Kaelith abrió los ojos.
El claro donde estaba parecía normal otra vez, pero algo había cambiado.
El niño sabía que lo que había visto podía corroer a cualquiera que lo creyera cierto. Y entendió algo más:
—Si la oscuridad quiere que dudemos, que teman… —susurró para sí—
—debemos elegir creer en la verdad, no en la mentira.
El corazón le latía rápido, y un escalofrío recorrió su espalda.
Su mirada se dirigió al horizonte donde Aldric y Evamora entrenaban, todavía ajenos a la visión.
La semilla de la duda estaba plantada. La lucha no era solo por Elorian, ni por la magia, ni por la vida: era por la mente y el corazón de quienes amaban.
Kaelith se levantó.
No dormiría, ni un minuto.
Porque incluso despierto, los sueños podían matar más que cualquier espada.
Y en ese instante, supo que la oscuridad acechaba detrás de las puertas del Reino de Elogian.
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Editado: 09.01.2026