Los días habían pasado lentos, densos, como si la ciudad misma contuviera la respiración.
Kaelith caminaba por los pasillos del palacio con los hombros tensos, los ojos siempre buscaban algo que lo anclara a la realidad. Cada sonido, cada risa le recordaba la visión: Evamora cayendo, Aldric sosteniéndola… y el cielo rojo sobre Elorian.
No hablaba. No podía. Porque sus sueños, sus visiones, no eran simples sueños. Lo que veía comenzaba a filtrarse a la realidad, y temía que contarlo fuera a despertar lo que más temía.
Pero había alguien que podía escucharlo sin miedo.
Alguien que había visto el mundo arder y reconstruirse mil veces: su abuelo, Elgor.
Esa tarde, Kaelith lo encontró en el jardín del palacio.
El sol caía suave sobre los arbustos, iluminando la piedra blanca y los caminos con reflejos dorados.
Elgor estaba sentado, con las manos cruzadas sobre el bastón, los ojos cerrados como si contemplara algo más allá del tiempo.
—Abuelo… —Kaelith comenzó, con la voz apenas un susurro—. Necesito hablar.
El hombre abrió los ojos. Sus pupilas eran firmes, serenas, y aun así, parecía percibir el miedo de Kaelith como una corriente bajo la piel.
—Te escucho, pequeño —dijo, con voz profunda—. No hay prisa. Siéntate a mí lado y cuéntame eso que tanto te preocupa.
Kaelith tragó saliva. El nudo en su garganta se tensaba. Miró hacia el horizonte, donde el viento jugaba con las hojas de los árboles.
—Vi algo… algo horrible —dijo finalmente—. Evamora… muere… y Aldric… no entiendo por qué. No puedo detenerlo. —Su voz tembló—. No es un sueño, abuelo. Es… es como si fuera verdad.
Elgor respiró hondo y asintió lentamente. No lo interrumpió. Su mirada era un refugio y un ancla al mismo tiempo.
—Lo sé —dijo con suavidad—. Te he sentido inquieto desde entonces. Tus visiones no mienten, Kaelith. Pero tampoco son un destino irrevocable. No todo lo que ves debe suceder.
El niño bajó la cabeza.
—Pero, ¿y si lo es? —preguntó—. ¿Y si ya comenzó?
—Por eso estás aquí, conmigo —replicó su abuelo—. Para que no cargues esa sombra solo. Un corazón joven no debe soportar todo el peso del mundo sin guía. Confía en mí. Y quizás también el presagio de para poder hacer algo al respecto. Quizás adelantarnos a los acontecimientos.
Kaelith levantó los ojos. Su abuelo estaba allí, sólido, con una paciencia que parecía infinita.
—¿Qué hago? —susurró—. No quiero decirle nada a papá ni a Evamora. Podría empeorar las cosas… pero… no puedo ignorarlo más.
Elgor sonrió con suavidad. Sus arrugas parecían mapas de guerras pasadas y victorias olvidadas.
—Entonces empieza aquí —dijo—. Con tu voz y con mi oído.
—Cuéntame todo, sin miedo. Las visiones, los sentimientos, las dudas… incluso si crees que lo que ves es demasiado oscuro para nombrarlo.
Kaelith se sentó junto a él, apoyando la frente sobre la mano de su abuelo. Y comenzó a hablar.
Habló de la caída de Elorian, de Evamora, de Aldric… del cielo rojo y la sensación de impotencia que lo había perseguido desde la primera visión.
Elgor escuchaba cada palabra. No lo interrumpía, pero su silencio era fuerza. Era comprensión. Era un recordatorio de que Kaelith no estaba solo.
—Lo que ves —dijo finalmente, cuando la voz del niño se quebró— no es el futuro, Kaelith. Es un reflejo de lo que puede suceder si dejamos que el miedo y la duda guíen nuestros pasos.
—Pero… —murmuró Kaelith—. Siento que si no hago algo, se hará real.
—Y harás algo —replicó su abuelo, acariciándole el cabello—. Pero primero debes aprender a mirar sin temer. Debes conocer tu fuerza, no solo tu miedo. Porque esa visión no es tu destino: es tu advertencia.
Kaelith respiró hondo, dejando que la calma de su abuelo lo atravesara. Por primera vez en días, la tensión en sus hombros comenzó a ceder.
—Confío en ti —susurró—. Y… gracias por escucharme.
Elgor lo abrazó con suavidad.
—Siempre, Kaelith. Siempre. El mundo puede ser cruel y oscuro… pero aquí, en este momento, estás protegido. Y recuerda: la verdad y la luz no siempre se encuentran en lo que vemos, sino en cómo decidimos actuar ante ello.
El niño cerró los ojos. Por primera vez desde la visión, la sombra parecía menos aterradora. Porque no estaba solo.
Y mientras el viento jugaba con las hojas del jardín, Kaelith supo algo más: el poder de advertir y actuar no estaba solo en su visión… sino en el coraje de compartirla con quien podía guiarlo.
Y en su abuelo había encontrado esa guía.
#2923 en Fantasía
#556 en Magia
brujas amor magia, fantasia y venganza, mundo oscuro y mundo de luz
Editado: 09.01.2026