El echizo de tus ojos

Cap. Cuarenta y uno- La duda del protector.

El sol caía a plomo sobre Elorian, y aun así las sombras parecían más densas que nunca. Aldric caminaba entre las calles vacías, pero no porque el pueblo estuviera desierto: su mirada no veía nada. Solo el miedo, la incertidumbre y la sensación de fracaso que lo devoraba desde adentro.
Elgor había hablado con Kaelith. Le había contado lo que el niño había visto en su visión: la caída de la ciudad, la muerte de Evamora… y él, impotente, incapaz de detenerlo. Cada palabra de su hijo se había incrustado como hierro candente en su pecho.
—No puedo… —susurró para sí, con la voz quebrada, temblando como si nunca hubiera existido un Aldric invencible—. No puedo protegerlos.
El aire parecía pesar más que la piedra de las murallas. Los edificios que él mismo había ayudado a preservar ahora le parecían frágiles, como si una mano invisible los pudiera derribar de un golpe. Cada paso le recordaba su límite: que por más hechicería, por más magia blanca o negra, seguía siendo un hombre. Porque el había perdido ese poder al elegir volver con ella.
Se acercó al balcón de su hogar, mirando hacia la plaza donde había entrenado a su hijo, donde había enseñado a Evamora a confiar en él y en la magia que los unía. Allí estaban ahora, jugando, ignorantes de lo que se avecinaba… y eso lo destrozaba.
—No puedo… —repitió, esta vez con un grito que hizo eco entre las paredes—. No puedo salvarlos.
Su mano se cerró en un puño sobre la baranda, los nudillos blancos. Sus ojos, acostumbrados a ver más allá de lo visible, se llenaron de lágrimas que no podía contener. Cada gota era culpa, miedo y un amor que lo consumía.
Aldric se dio la vuelta. No había lugar donde quedarse. No había estrategia que pudiera sostenerlo. Su ciudad, su familia… todo estaba expuesto, y él, el hombre que había regresado de la muerte, estaba aterrorizado. Porque la verdad era dolorosa: no era suficiente. Nunca seria suficiente sin su magia, sin su poder.
Y así, como si huyera de su propia impotencia, abandonó Elorian. Sin fanfarrias. Sin advertencias. Solo él y la tormenta que llevaba por dentro. La brisa le azotó la cara, fría, recordándole que su poder, su magia, sus años de aprendizaje, no existían ya.
Mientras las calles quedaban vacías tras su marcha, una certeza lo golpeó con fuerza: el enemigo no tendría que cruzar murallas, ni sortear guardianes ni hechizos. Solo tendría que esperar a que él dudara, a que su corazón de hombre se quebrara. Y Aldric sabía que, por primera vez, podía ocurrir.
—Perdónenme… —murmuró, con la voz rota—. Perdónenme… por no ser suficiente.
Las murallas de Elorian se alzaban, orgullosas y fuertes, pero él ya no estaba allí para sostenerlas. Y por primera vez, la ciudad se sintió frágil, vulnerable, como si dependiera de un corazón que había olvidado cómo mantenerse firme.
Aldric desapareció entre los bosques que rodeaban la ciudad. Su silueta se fundió con la distancia y el dolor. Y mientras caminaba, solo, lejos de los suyos, cada latido de su corazón le recordaba que no todos los héroes regresan para salvar el día. Algunos solo regresan para cargar con la culpa de haber sido insuficientes.




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