El echizo de tus ojos

Cap. Cuarenta y dos- La ciudad desprotegida.

Elorian despertó con un rumor extraño. No era el viento entre los tejados ni las campanas del amanecer. Era algo más sutil y más peligroso: la sensación de vacío.
Las calles que siempre habían vibrado con vida y orden ahora estaban cargadas de incertidumbre. Los comerciantes miraban de reojo, los soldados vacilaban, y hasta los ancianos que siempre sabían qué decir sentían un frío que no podía explicarse.
Evamora caminaba entre ellos, con la mirada firme, pero el corazón le latía con rapidez. Cada paso le recordaba que Aldric no estaba. Cada murmullo que escuchaba sobre la “traición del guardián” le golpeaba como un puñal invisible.
—Madre… —susurró un joven aprendiz a su lado—. ¿Qué haremos si Garoh viene?
Evamora apretó los puños. Se acercó al borde de la plaza, al lugar donde Aldric solía entrenar y observar. Allí estaba vacío, como su corazón sin él.
—No podemos esperar —dijo, con voz firme, aunque sus ojos delataban la preocupación—. Él nos enseñó a resistir, y eso es lo que haremos. No necesitamos que esté aquí para recordar quiénes somos.
Pero incluso ella, valiente y poderosa, sentía el peso del miedo que comenzaba a crecer. Porque los rumores habían viajado rápido: Garoh había sido visto cerca de los límites de la ciudad, hablando con los mercenarios y las brujas que le seguían. Cada palabra que se difundía era una semilla de desconfianza, de terror.
El pueblo comenzó a reunirse en los mercados, en las plazas, mirando al cielo, buscando señales que no existían. Cada sombra parecía un enemigo. Cada murmullo, un presagio. La ausencia de Aldric se sentía como un agujero abierto en el corazón de la ciudad.
Y mientras la tensión crecía, una figura se recortó en la distancia, avanzando entre los bosques que rodeaban Elorian. Aldric. Solo, pero caminando con pasos que ya no estaban cargados de calma, sino de tormenta. La culpa y el miedo se habían transformado en una fuerza oscura y silenciosa que lo impulsaba hacia su propio límite.
Nadie sabía aún que su marcha dejaría a la ciudad indefensa. Nadie sabía que el enemigo estaba observando, esperando el momento exacto para atacar.
Y dentro de la ciudad, Evamora alzó la cabeza, respiró profundo y murmuró para sí misma:
—Si él no está… nosotros debemos defendernos.
Porque aunque Aldric estuviera ausente, Elorian aún podía resistir. Por ahora.
Pero la tormenta estaba llegando. Y cuando Garoh cruce las murallas, la ciudad descubrirá que incluso los héroes pueden fallar, y que la valentía de los que quedan será todo lo que sostenga la vida de los suyos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.