El echizo de tus ojos

Cap. Cuarenta y uno- La ciudad en llamas.

Elorian despertó al grito de la alarma antes de que el sol tocara las murallas. No había soldados visibles, no había ejército enemigo a la vista.

Pero los gritos de desesperación, las campanas rotas y el olor a humo lo decían todo.
Garoh había entrado. No por las puertas principales, ni por los caminos que podían defenderse. Había usado los pasadizos secretos, aquellos que solo los antiguos conocían. La ciudad estaba siendo atacada desde dentro, y nadie podía verlo.
Las brujas oscuras se movían como sombras vivientes por las calles.

Su magia negra rasgaba techos, derribaba murallas menores y ennegrecía el aire. Los mercenarios que Garoh había traído desde los confines del Oeste saqueaban, incendiaban, y se movían como lobos hambrientos entre la multitud aterrorizada.
Evamora corría por los callejones, conjurando barreras improvisadas, pero cada conjuro solo contenía un fuego o un golpe por unos segundos. La ciudad temblaba, los ciudadanos gritaban, y la sensación de caos absoluto la envolvía como un manto de cenizas.
—¡Hijos del rey, protejan a los inocentes! —gritó un capitán de guardia, pero su voz se perdía entre las llamas y los llantos—. ¡No hay suficientes manos!
Calles enteras se llenaron de humo. Casas que habían permanecido durante siglos se derrumbaban como castillos de arena. Tiendas y mercados fueron saqueados en minutos. La sangre y el fuego se mezclaban, y la incertidumbre devoraba los corazones.

Entre la multitud, se perdían personas. Niños arrancados de los brazos de sus madres, vecinos desapareciendo en los callejones mientras las sombras los reclamaban. Nadie sabía quién había caído, quién sobrevivía, ni qué pasaría a continuación.
Evamora se detuvo en el centro de una plaza. Frente a ella, un grupo de mercenarios derribaba la fuente principal, mientras brujas invisibles hacían levitar rocas y escombros sobre la cabeza de los que se movían para salvar a los civiles. Su corazón latía tan rápido que parecía querer romper su pecho.
—Aldric… —susurró, sin poder pensar en otra cosa—. ¡Necesito que vuelvas!
Pero Aldric no estaba. Su ausencia pesaba como una losa sobre cada calle, sobre cada alma que temblaba en Elorian. La certeza de que el enemigo actuaba mientras el guardián más poderoso estaba lejos se sentía como una daga en la garganta de todos.
El fuego se extendió. La plaza del mercado quedó envuelta en llamas. Edificios antiguos se derrumbaron, enviando una nube de polvo y cenizas sobre los supervivientes. El humo era tan denso que los gritos parecían ecos de otro mundo.
Entre los escombros, algunos lograban rescatar a los atrapados. Otros se perdían para siempre. El horror era absoluto. El miedo calaba hasta los huesos. Y todo se desarrollaba sin que nadie pudiera siquiera ver al maestro de aquel caos: Garoh. Invisible, implacable, guiando el desastre desde las sombras.
Esa noche, Elorian perdió más que edificios. Perdió la sensación de seguridad. La certeza de que podían sobrevivir a cualquier cosa se había quebrado. La ciudad estaba herida, los corazones llenos de terror, y la amenaza de Garoh solo acababa de empezar.
Porque mientras las llamas iluminaban las calles, una verdad se hacía evidente: incluso sin ver al enemigo, sabían que nadie, ni Aldric, podría detenerlo si continuaba así.




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