El echizo de tus ojos

Cap. Cuarenta y tres- El regreso de la guardia real.

El horizonte ardía con un rojo violento. Humo y cenizas se mezclaban con la luz de la tarde, tiñendo Elorian de un color que ninguna bandera había portado jamás. Las calles estaban llenas de gritos, de sombras que atacaban, de desesperación.
Fue entonces cuando llegaron.
Atronos entró a la ciudad con paso firme, su capa ondeando como un estandarte de resistencia. A su lado, Elgor, sólido como roca, y Maelira, sus ojos brillando con determinación y magia pura, avanzaban sin vacilar. Cada uno de ellos irradiaba poder, pero la ciudad no parecía notar suficiente diferencia.
Justo cuando llegaron a la plaza central, un grupo de mercenarios y brujas oscuras descendió sobre ellos. No había tiempo de preparar defensas: los atacantes arremetieron con magia y acero, levantando polvo, fuego y escombros en un instante.
Atronos levantó la mano. El aire tembló a su alrededor. Una ráfaga de energía pura estalló, enviando a los enemigos a volar como hojas secas. Sus ojos brillaban con la intensidad de quien ha sentido el peso de cada error y de cada vida que protege.
Maelira conjuró un muro de luz, haciendo rebotar hechizos que se dirigían a la multitud. Su poder era antiguo, hondo, capaz de desgarrar la oscuridad si se concentraba, y aun así, no era suficiente.
Eligor cargó hacia un grupo de mercenarios, derribándolos con fuerza sobrehumana, mientras su espada brillaba con runas que nadie fuera de su linaje había visto jamás.

Cada golpe abría un claro, pero cada instante de victoria parecía un parche en un océano de destrucción.
—¡Aún no basta! —gritó Atronos, con la voz que partía el aire—. ¡No importa cuánto poder tengamos si ellos siguen en la sombra!
Unos segundos después, otra oleada surgió de los callejones. Las brujas invisibles lanzaban hechizos que atravesaban murallas y techos, golpeando a civiles y soldados por igual. La luz de Maelira y la fuerza de Elgor eran poderosas, pero cada conjuro tenía un límite. Cada defensa abría una grieta que los enemigos explotaban.
Atronos clavó su mirada en el cielo, donde los portales del Umbral vibraban con una presencia invisible. Sabía que detrás de la destrucción estaba Garoh, manipulando cada movimiento, sembrando dudas y miedo, mientras él y los suyos luchaban con todo lo que tenían.
El corazón del rey se tensó. No era la impotencia lo que sentía, sino el dolor de saber que no podía proteger a todos. Ni la ciudad, ni su familia, ni a quienes más amaba. Y esa sensación de insuficiencia le ardía en los pulmones como fuego vivo.

Enamora se unió a el iy juntos lograron abrir un escudo protector sobre la ciudad, pero no fue suficiente ya que las brujas oscuras quedaron dentro de este y lo aniquilaron.
—¡Kaelith! —llamó Maelira, mientras un hechizo pasaba demasiado cerca del niño—. ¡Cúbrete!
El niño se protegió detrás de su abuelo. Los ojos de Atronos se suavizaron por un instante, llenos de culpa y amor, antes de endurecerse de nuevo.
—¡Esto no termina aquí! —rugió, levantando ambas manos—. ¡Elorian no caerá mientras respiremos!
El suelo tembló bajo sus pies. Un estallido de energía recorrió la plaza, proyectando un escudo que repelió la mayoría de los ataques, pero no todos. El humo y el fuego seguían devorando edificios, y algunos ciudadanos desaparecieron entre el caos.
A pesar del poder combinado de Atronos, Elgor, Maelira y Evamora el escenario dejaba claro algo imposible de ignorar: el enemigo había estudiado cada movimiento, había anticipado cada defensa. No bastaba con fuerza ni magia pura.
Atronos bajó la cabeza por un instante, sus dedos todavía brillando con energía contenida. La mirada de Elgor, quien había peleado a su lado dejando de lado todo rencor, se cruzó con la suya. Ambos entendieron lo mismo: el precio de la victoria sería enorme, y el mal aún tenía piezas que mover dentro de la ciudad y dentro de ellos mismos. Pero sin Aldric, todo era imposible.
El fuego iluminaba las paredes y los tejados, las calles gritaban, y la ciudad herida seguía respirando. Pero todos sabían que aquella no sería la última vez.
El silencio que llegó después del primer choque fue pesado. Pesado como el hierro. Y mientras los sobrevivientes se replegaban, todos comprendieron la verdad: el verdadero enemigo no estaba solo frente a ellos, sino dentro de cada duda que Garoh y la Guardiana habían sembrado. Y Elorian, por mucho poder que hubiera reunido, aún estaba a un paso de la oscuridad.

Pero el peor peso de todos era saber que el Protector de Elorian era el que más dudaba y los había abandonado.




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