El humo todavía se enroscaba entre los edificios derruidos, y el olor a madera quemada y magia rota flotaba en el aire como un recordatorio punzante de lo que acababa de suceder. La ciudad respiraba con dificultad, sus calles llenas de escombros, de gritos apagados, de pasos cautelosos que buscaban sobrevivientes.
En lo alto de la torre del mercado central, Garoh emergió de la sombra, su capa ondeando como un espectro sobre la ciudad destruida. Sus ojos brillaban con satisfacción fría. A su lado, la Guardiana del Umbral se materializó lentamente, como si el mismo aire la reconociera y le cediera espacio. Sus labios dibujaban una sonrisa que no prometía nada bueno.
—Bien jugado —dijo Garoh, su voz resonando entre los escombros—. La ciudad cree que resiste… pero solo ha sentido la punta de mi poder.
—Efectivamente —respondió la Guardiana, sus ojos reflejando las llamas lejanas—. Cada duda sembrada, cada corazón que vaciló, cada miedo que afloró… todo se multiplicó en ellos. El precio ha sido pagado, pero aún hay mucho camino.
Garoh se inclinó ligeramente hacia ella, admirando la danza silenciosa de destrucción que habían creado juntos.
—Disfruto de la batalla —murmuró—. Pero aún más de ver cómo la ciudad se cuestiona a sí misma. Esa incertidumbre es más poderosa que cualquier espada.
La Guardiana asintió, dejando que sus dedos rozaran un rastro de humo que se elevaba del mercado.
—Han sobrevivido… por ahora. Pero sepan esto —dijo, su voz como hielo fundido—: cada momento de calma es una trampa, y cada victoria aparente solo fortalece mi juego.
Garoh rio, un sonido oscuro que reverberó entre los edificios destruidos.
—Entonces celebremos —dijo, levantando las manos hacia el cielo gris de ceniza—. Hoy, la ciudad ha visto el rostro del miedo y lo ha aceptado… aunque no lo comprenda. Hoy, somos imparables.
La Guardiana, en silencio, contempló la devastación. Su sonrisa se amplió levemente.
—Imparable… pero no eterna. Cada corazón que late en Elorian tiene un límite, y cada vínculo es un arma. Sólo espero que cuando llegue el momento, sepamos cómo usarla.
Juntos, sobre la ciudad herida, contemplaron su obra. No había júbilo humano allí, sólo la satisfacción de quien sabe que el poder ha cambiado las reglas. La ceniza bailaba en el aire, recordando a todos que la oscuridad puede ganar batallas, pero la guerra aún no termina.
Y mientras Elorian se recomponía lentamente, entre gritos, lágrimas y humo, una certeza flotaba en la ciudad: el precio de la victoria de Garoh y la Guardiana estaba apenas empezando a cobrar sentido. La próxima jugada sería aún más letal, y nadie podría predecir de qué lado caería el destino.
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Editado: 09.01.2026