El exilio había dejado cicatrices visibles e invisibles. Aldric caminaba por el claro del bosque, siguiendo un sendero que parecía existir solo para él. Frente a un río silencioso, apareció su yo interno, un hombre vestido con túnicas antiguas, de rostro sereno, casi monástico. Sus ojos no tenían juicio, solo sabiduría cruda.
—Aldric —dijo la figura—. No puedes pelear la guerra con la desesperación. Primero debes pelear contigo.
El brujo blanco, desterrado, se dejó caer de rodillas. Su pecho dolía de impotencia, de miedo, de culpa.
—No soy suficiente —susurró—. No puedo protegerlos. Ni a Evamora, ni al niño, ni siquiera a Elorian.
—Eso no es un fallo —replicó su guía—. Es la verdad que da forma al hombre que debes ser. No tu fuerza, sino tu decisión definirá el resultado.
Aldric cerró los ojos y escuchó. Cada palabra era un filo que le abría el alma y lo templaba al mismo tiempo. Era un espejo que no le mentía. Lo que debía hacer era más que conjurar hechizos; debía aceptar la vulnerabilidad y convertirla en estrategia, en fuerza.
—Pero… ¿y si fallo? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Y si ellos sufren?
El monje solo inclinó la cabeza, como si le hablara sin palabras: el precio del amor siempre es el miedo.
Esa noche, cuando la figura desapareció y Aldric quedó solo en el claro, el silencio se convirtió en un campo de batalla. Las sombras de los árboles se alargaron, se retorcieron, y comenzaron las pesadillas:
Primero vio a Evamora cayendo bajo su propia espada. Su grito resonó en su pecho y despertó su corazón latiendo desbocado. Luego fue Kaelith, su hijo, herido, desangrándose ante sus ojos. Cada golpe, cada herida, cada llanto lo atravesaba como cuchillos invisibles. Y luego, la visión se repetía: la ciudad ardiendo, amigos cayendo, aliados muriendo. Él solo podía observar. Incapaz de detenerlo.
—No puedo —susurró entre dientes, temblando—. No puedo protegerlos.
Una voz, diferente, profunda, resonó dentro de su mente. Era la suya misma, más calma, más sabia:
—Entonces deja de intentar hacerlo solo. El poder no reside solo en la magia… sino en lo que estás dispuesto a enfrentar sin ella.
Aldric gritó, golpeando la tierra con las manos. El dolor de impotencia lo desbordaba. Su cuerpo temblaba. No eran simples pesadillas: eran advertencias de lo que podía pasar si cedía al miedo, si la culpa lo paralizaba. Cada visión lo empujaba hacia un límite donde solo su voluntad podía salvar lo que amaba.
Horas pasaron. El viento pasó, y él permaneció despierto, sumido en su tormento. La luna bañaba su rostro y los recuerdos de los que amaba lo hicieron abrir los ojos. Sabía que debía transformar ese miedo en determinación. Que cada imagen dolorosa era un recordatorio de lo que estaba en juego.
Se levantó, exhausto, con el cuerpo magullado por su propia mente. Cada respiración era un acto de resistencia. Cada pensamiento, una decisión de no rendirse.
—Si voy a fallar —murmuró—, será luchando. No escondiéndome. Y tampoco huyendo.
La noche lo envolvió, y con ella, la certeza de que el tormento solo había comenzado. Pero también que, pese a la debilidad y la culpa, Aldric todavía podía levantarse, porque la fuerza no siempre nace de la victoria… sino del coraje de enfrentar la derrota antes de que llegue.
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Editado: 09.01.2026