El echizo de tus ojos

Cap. Cuarenta y siete- Enfrentar el miedo.

El bosque estaba silencioso, pero la quietud era engañosa. Aldric permanecía en el claro, los músculos tensos, los ojos abiertos a la oscuridad que lo rodeaba. No dormía. No podía. Cada instante de reposo lo arrastraba a pesadillas donde Evamora caía, donde Kaelith sufría, donde Elorian ardía sin que él pudiera evitarlo.
Su yo interno apareció de nuevo, la misma figura monástica de túnicas antiguas, rostro impasible, ojos como espejos de su alma. Aldric lo miró, con el cuerpo temblando y el corazón latiendo como si quisiera escapar de su pecho.
—Has vuelto —dijo la voz calmada, profunda—. Tus heridas no son visibles, pero sangran igual.
—No puedo protegerlos —gruñó Aldric—. No tengo poder. No tengo nada.
El monje caminó hacia él, lento, medido, y colocó una mano sobre su hombro. La fuerza que emanaba no era mágica, era presencia, y Aldric se sintió pequeño ante ella.
—No necesitas más poder para protegerlos —dijo—. Necesitas comprender tu miedo. Necesitas enfrentarlo.
—¿Y si no soy suficiente? —susurró Aldric, con los ojos húmedos. La culpa lo aplastaba. La impotencia lo consumía.
—No serás suficiente si sigues huyendo de lo que sientes —replicó el guía—. La fuerza no reside solo en la magia, sino en la decisión de enfrentar lo imposible y aun así dar un paso adelante.
El brujo cerró los ojos. Recordó cada imagen de Kaelith desangrándose, de Evamora cayendo, de la ciudad ardiendo. Cada visión era un golpe directo al corazón. Cada grito, un recordatorio de su fracaso.
—No puedo fallar… —murmuró—. No puedo perderlos.
—Entonces aprende a usar lo que temes —respondió el monje—. El dolor y la culpa son herramientas, no cadenas.
El claro se llenó de un aire denso, cargado de energía antigua. Aldric sintió cómo la tierra vibraba bajo sus pies, cómo las sombras se movían a su alrededor, casi como si la propia naturaleza lo probara.
—Cada visión que tienes —continuó el monje—, cada pesadilla, es un mapa. No de muerte, sino de estrategia. No de derrota, sino de preparación. Debes transformarlas en decisiones, no en desesperación.
Aldric respiró hondo. Las imágenes seguían allí, pero su mente empezó a ordenarlas, a ver patrones, a anticipar riesgos. Cada miedo, cada pesadilla, se convertía en un ensayo de lo que debía enfrentar.
—¿Y si no puedo? —preguntó de nuevo, con voz quebrada.
—Entonces sigue adelante a pesar de no poder —contestó el monje—. Ese es el acto más poderoso de todos.
La noche cayó más oscura. Aldric se arrodilló, apoyando las manos sobre la tierra. Cerró los ojos y dejó que la visión de su hijo y de Evamora lo atravesara una vez más, pero esta vez no con miedo, sino con determinación. Cada grito de dolor era un recordatorio de lo que estaba dispuesto a proteger. Cada incendio imaginario, un fuego que lo templaba.
Horas pasaron. La luna se movió, testigo silenciosa de su transformación. Cuando Aldric abrió los ojos, algo había cambiado: el miedo seguía allí, pero ahora coexistía con una resolución fría y afilada. No huiría. No permitiría que la culpa lo paralizara. Cada pesadilla era ahora un maestro, no un verdugo.
Se levantó, exhausto pero más fuerte que antes, y murmuró al viento:
—Si vienen por los que amo… si el Umbral se abre… no habrá sombra que me detenga.
Y mientras caminaba hacia la frontera de Elorian, la tierra bajo sus pies parecía reconocerlo. No como un hechicero invencible. No como un héroe sin miedo. Sino como un hombre que había enfrentado la oscuridad dentro de sí mismo y la había convertido en arma.
La tormenta que se avecinaba ya no lo encontraría desprevenido.




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