El echizo de tus ojos

Cap. Cuarenta y ocho- La primera prueba.

El bosque respiraba un aire pesado, casi vivo. Cada rama parecía moverse con intención, cada sombra alargarse para observarlo. Aldric caminaba con paso firme, la tensión del pasado aún recorriendo sus músculos, pero su mente más clara que nunca. No temía al miedo; lo usaba.
Un susurro quebró la calma. No era viento. No era animal. La oscuridad se agitó. Del suelo surgieron formas torcidas, piel ennegrecida, ojos como brasas que no parpadeaban. Criaturas del Umbral, nacidas de la corrupción que la Guardiana había dejado filtrarse en el mundo.
El primer golpe llegó rápido, como un relámpago. Una de las bestias saltó desde los arbustos, colmillos afilados, garras largas. Aldric esquivó, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba con la agilidad que no creía poseer. No era solo reflejo; era instinto templado por miedo y decisión.
—No me tocarán —susurró para sí mismo, y la tierra pareció vibrar bajo sus pies.
Cada movimiento suyo era preciso: una patada, un giro, un conjuro contenido que no necesitaba lanzar. Su presencia sola, un aura de control absoluto, hacía que algunas criaturas titubearan, dudaran. Pero otras no. Otras atacaban con una ferocidad que recordaba la brutalidad de la guerra que se avecinaba.
Evamora y Kaelith no estaban allí, pero su pensamiento estaba con ellos. Cada ataque que recibía Aldric, cada zarpazo que esquivaba, cada embestida que desviaba, era un recordatorio de lo que protegía: no solo una ciudad, sino su familia, su sangre, su mundo.
—Esto… —gruñó mientras bloqueaba una estocada con su brazo— esto es solo un ensayo.
Las criaturas comenzaron a rodearlo. Eran más de lo que esperaba, más salvajes, más decididas a romperlo. Pero Aldric no titubeó. Su voz resonó entre los árboles, firme, profunda, un mandato silencioso:
—¡Fuera de mi camino!
El aire se llenó de un zumbido eléctrico. Su cuerpo no estaba lleno de magia como antes; su fuerza ahora provenía de otra fuente: su voluntad, su temor transformado en determinación, su amor y rabia concentrados en cada fibra.
Una criatura más grande, la líder, emergió del suelo, negra como la noche, con alas membranosas y ojos rojos que ardían de malicia. Aldric no dudó. Saltó, girando con precisión, golpeando con un impacto que resonó en el bosque. La bestia cayó, herida, pero no derrotada.
—Debo controlar todo —murmuró Aldric, respirando con dificultad— o nada estará a salvo.
Y entonces, una sucesión de ataques lo obligó a moverse en círculos, a esquivar, a usar la fuerza de su entorno. La tierra, los árboles, el aire: todo parecía responder a su decisión. Cada criatura que caía liberaba un fragmento de oscuridad que él absorbía sin tocarla, sin contaminarse. Su cuerpo tembló, pero no cedió. Su alma se templaba aún más.
Finalmente, la última criatura cayó. Aldric se quedó erguido, el pecho levantado, los brazos marcando un equilibrio entre cansancio y poder recién descubierto. El bosque calló, como si contuviera la respiración.
—Esto es solo el comienzo —dijo para sí mismo—. Si caigo, ellos caerán… pero ahora no caeré.
El eco de su voz se mezcló con el viento nocturno. Aldric sabía que su prueba no había terminado, que vendrían ataques peores, más oscuros, más cercanos. Pero la primera lección estaba aprendida: el miedo podía ser su arma, el dolor su escudo, el amor su fuerza.
Y mientras se adentraba más en el bosque, con la luna iluminando la escena, supo que nada en Elorian sería igual.

Él tampoco.




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