Elorian ardía.
No era solo fuego: era ruptura. Piedras caídas, humo espeso, gritos que ya no pedían auxilio porque habían aprendido que nadie respondía siempre. El aire olía a hierro, a pérdida reciente. A hogar profanado.
Aldric llegó cuando la ciudad ya sangraba.
No entró corriendo.
No gritó su nombre.
Caminó.
Y cada paso suyo era una promesa peligrosa.
Evamora lo vio primero.
El corazón se le desarmó en el pecho: alivio y terror al mismo tiempo. Porque Aldric había vuelto… pero no era el mismo hombre que se había ido. Había algo más duro en su mirada. Más silencioso. Como si hubiera aprendido a convivir con el abismo.
Kaelith se aferró a la túnica de su madre.
—Papá… —susurró.
Los padres de Aldric sintieron el golpe invisible: su hijo estaba allí, sí, pero cargaba un peso que ningún padre debería ver sobre los hombros de un hombre.
Y entonces el mundo pareció contener la respiración.
Garoh avanzó entre las ruinas como si el caos le perteneciera.
Alto. Intacto. Magnífico en su oscuridad. La armadura marcada por símbolos antiguos latía con magia corrupta. Sonreía. No con burla. Con respeto.
—Has vuelto —dijo—. Pensé que el miedo te había terminado de quebrar.
Aldric se detuvo frente a él.
No conjuró.
No alzó armas.
—El miedo no me rompió —respondió—. Me enseñó.
La Guardiana del Umbral observaba desde lo alto, inmóvil, los ojos brillando de anticipación. Atronos estaba junto a Evamora, rígido, con la culpa atravesándole el pecho como una lanza. Sabía que esa batalla era, en parte, su herencia maldita.
—Mírate —continuó Garoh, caminando en círculo—. El gran hechicero blanco reducido a carne y voluntad. ¿De verdad creíste que eso bastaría?
Aldric levantó la vista.
—No vine a bastar. Vine a detenerte.
Garoh rió.
El primer choque fue brutal.
No hubo palabras previas. Garoh atacó con magia negra concentrada, una ola de sombra viva que quebró el suelo. Aldric rodó, se incorporó, sintió el impacto en los huesos. Dolía. Todo dolía. Y, aun así, seguía en pie.
—Sigues siendo humano —se burló Garoh—. Eso te hará perder.
Aldric respondió cuerpo a cuerpo.
Puño. Rodilla. Golpe seco. Estrategia pura. Cada movimiento calculado, sin desperdicio. No peleaba como mago. Peleaba como quien ya aceptó que puede morir.
La batalla sacudió la plaza.
Magia contra decisión.
Odio antiguo contra amor reciente.
Garoh lanzó un hechizo directo al corazón. Aldric lo bloqueó… no con magia, sino desviándolo, usando el propio impulso del ataque. El choque los lanzó a ambos contra los restos de una columna.
—¿Sabes por qué siempre fui mejor que tú? —escupió Garoh—. Porque nunca dudé.
Aldric se incorporó lentamente, la sangre resbalándole por la sien.
—No —dijo—. Porque nunca amaste.
El golpe fue certero.
Garoh retrocedió un paso. Solo uno. Pero suficiente para que todos lo vieran.
Evamora contuvo el aliento.
La Guardiana entrecerró los ojos.
Garoh rugió y liberó todo su poder. La plaza se oscureció. Las sombras se alzaron como bestias.
Aldric avanzó igual.
—¡Papá! —gritó Kaelith.
Aldric no miró atrás. Pero escuchó. Y eso fue suficiente.
Clavó los pies en la tierra, hundió las manos entre las piedras rotas y gritó, no un hechizo, sino un nombre:
—¡ELORIAN!
La ciudad respondió.
No con magia visible. Con memoria.
El suelo se estabilizó. Las sombras vacilaron. El poder de Garoh se volvió errático, como si algo lo rechazara.
Y de pronto la tierra tembló. Fuertes nubes de polvo se levantaron entre los dos luchadores.
Y la fuerza de Elogian, se mezclo con la de un hombre por primera vez en la historia. Y eso significaba que la ciudad había elegido a su guardián.
Todos estaban martillazos. Nunca habían visto nada igual.
—¿Qué eres ahora? —rugió Garoh, furioso.
Aldric lo miró a los ojos.
—Soy lo que tú perdiste cuando elegiste el odio. Soy el guardián de Elorian–rugio con vos de trueno
El último choque no fue explosión. Fue empuje. Fuerza contra fuerza. Dos voluntades colisionando.
Garoh cayó de rodillas.
No vencido del todo. Pero detenido.
La Guardiana dio un paso atrás. Por primera vez sintió miedo. De sucumbir bajo la fuerza del hombre al que ella le quitó la magia.
El silencio se hizo espeso.
Roto solo por el fuego crepitando y la respiración agitada de Aldric.
Evamora corrió hacia él. No para abrazarlo. Para sostenerlo con la mirada. Para recordarle que seguía allí.
Garoh levantó el rostro, sonriendo aún.
—Esto no ha terminado —jadeó—. Nunca termina. Y se alejo de allí desapareciendo entre el humo y el fuego.
Aldric no respondió.
Porque lo sabía.
Elorian seguía en pie.
Pero la guerra acababa de mostrar su verdadero rostro.
Y todos —rey, madre, padre, hijo, pueblo— entendieron lo mismo:
El hombre que los protegía ya no era un brujo.
Era algo más peligroso.
Un hombre que, aun sin poder, había elegido luchar.
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Editado: 09.01.2026