Aldric, observo la destrucción de su pueblo. Sintió hundirse sí corazón. Mientras el jugaba al cobarde, su gente sufría a manos de la malvada guardiana y de Garoh.
Las ruinas de Elorian no eran un grito: eran un susurro cansado. Piedras ennegrecidas, maderas humeantes, ventanas sin voz. La ciudad seguía en pie… pero había aprendido lo que costaba mantenerse así.
Avanzó despacio. Cada paso era una cuenta pendiente. No miraba al cielo. No buscaba señales. Miraba el suelo, como quien reconoce una herida propia en cada grieta.
Entonces lo vieron.
Primero uno.
Luego dos.
Después decenas.
El rumor creció como ola contenida.
—Aldric…
—Es él…
—El protector…
—Volvió…
Y el nombre estalló.
No como orden.
Como alivio.
—¡ALDRIC!
—¡ALDRIC!
—¡ALDRIC!
La gente levantó los brazos, lloró, se abrazó. No celebraban la destrucción evitada, sino el hecho simple y brutal de que seguían vivos. De que él estaba allí. De que la oscuridad no había ganado del todo.
Aldric se detuvo.
Levantó la mano.
—No.
No gritó. No conjuró. No impuso.
Y aun así… callaron.
—No me nombren —dijo—. No hoy.
El silencio cayó como un manto incómodo.
—Llegué tarde —continuó, con la voz seca—. Llegué cuando ya ardía. Cuando hubo pérdidas que no puedo devolver. No me deben nada. No me celebren como salvador… cuando no estuve aquí cuando me necesitaron.
Un murmullo incómodo recorrió a la multitud. Culpa compartida. Dolor sin dueño.
Entonces Atronos avanzó.
No con corona.
No con escolta.
Con cansancio.
Se colocó a su lado, mirándolo de frente, como no lo había hecho en años.
—Hijo… —dijo, y no fue un título político—. Escúchame.
Aldric no respondió. Atronos habló igual.
—Las batallas no se miden por el momento en que llegas, sino por las que aún estás dispuesto a pelear. Elorian no cayó. Eso no es azar. Es consecuencia.
Se volvió hacia el pueblo.
—Este hombre no les debe una victoria perfecta. Les debe presencia. Y la tiene. Les debe verdad. Y nunca les mintió. —Luego volvió a Aldric—. Todavía hay guerras por librar. Y mientras sigas de pie… no estamos derrotados.
Aldric cerró los ojos.
Por un instante, solo uno, la culpa aflojó los dientes.
Evamora se acercó. No dijo nada. Le apoyó la mano en el pecho, justo donde ya no ardía la magia, pero latía algo más profundo. Sus padres estaban allí. Su hijo también. No hubo reproches. Eso dolía más… y sanaba mejor.
Esa noche, Aldric no durmió con nadie.
Eligió una estancia vacía, sin lujos, sin fuego ceremonial. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared y dejó que la oscuridad viniera.
Y vino.
Las pesadillas no pidieron permiso.
Vio a Evamora caer una y otra vez, distintas muertes, todas con su rostro presente. Vio a su hijo herido, llamándolo sin voz. Vio la ciudad arder mientras él intentaba conjurar… y nada respondía.
Despertó empapado en sudor.
Respirando como si acabara de huir de sí mismo.
—No soy suficiente —susurró, al vacío.
El vacío respondió con silencio.
Entonces comprendió.
Las pesadillas no venían a destruirlo.
Venían a entrenarlo.
Cada imagen era una pregunta.
Cada miedo, una frontera.
Cada caída, un recordatorio brutal de lo que estaba en juego.
Aldric apoyó la frente contra la pared.
—Muéstrenme —dijo, sin saber a quién—. Muéstrenme dónde está la fuerza que no depende del poder.
Y en lo más hondo, no como voz sino como certeza, algo respondió:
No huyas del miedo.
Atraviésalo.
Aldric no volvió a dormir.
Pero cuando amaneció, había aprendido algo nuevo:
La magia puede perderse.
El poder puede quebrarse.
Pero un hombre que decide levantarse aun temblando…
ese es el verdadero umbral.
Y Elorian iba a necesitarlo así.
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Editado: 09.01.2026