Elorian no se reconstruyó de golpe.
Se hizo a pulso.
Primero fueron las manos. Callosas, torpes, decididas. Luego los andamios, como huesos nuevos sosteniendo un cuerpo que todavía dolía. El olor a humo fue cediendo paso al de la madera fresca, a la cal, al pan recién horneado que alguien se atrevió a volver a vender.
No hubo discursos grandilocuentes.
Hubo trabajo.
Las calles se limpiaron en silencio. Cada piedra levantada era una promesa modesta: aquí seguimos. Las casas volvieron a tener techos. Las ventanas, vidrios. Los templos, velas. Y en cada esquina, una marca invisible: recordar para no dormirse.
La gente empezó a sonreír otra vez. Con cautela. Como quien prueba el hielo con la punta del pie.
Los niños volvieron a correr. No tan lejos. No tan tarde. Las risas eran más breves, pero reales. Los comerciantes abrieron sus puestos mirando dos veces hacia afuera de las murallas. Las guardias se duplicaron, aunque nadie lo anunciara. Las noches seguían siendo largas.
Elorian aprendió una nueva normalidad.
No era paz.
Era tregua.
Aldric caminaba la ciudad sin escolta. Ayudaba a levantar muros, cargaba madera, escuchaba más de lo que hablaba. Ya no lo miraban como mito, sino como parte. Eso pesaba menos… y valía más.
Evamora organizó refugios. La Guardiana reforzó los sellos antiguos. El rey mantuvo los mapas abiertos sobre la mesa, siempre. No había banquetes. Había planes.
Porque todos lo sabían.
El mal no se había ido.
Solo estaba del otro lado del bosque.
Elorian volvió a latir, sí.
Pero lo hacía con el oído atento, como quien duerme con una daga bajo la almohada.
Y aun así, eligieron vivir.
Porque reconstruir no era negar el peligro.
Era mirarlo de frente y decirle, sin gritos ni épica:
No nos llevaste.
Y eso, para la oscuridad que acechaba afuera,
era una provocación intolerable.
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Editado: 09.01.2026