El echizo de tus ojos

Cap.Cincuenta y dos- Elegir amarse.

Atronos ordenó el festín no como rey que celebra, sino como hombre que se permite, por una noche, creer.
El palacio volvió a encenderse. No con ostentación, sino con calor. Antorchas en los corredores, mesas largas, vino compartido. Elorian todavía tenía cicatrices, pero esa noche se vistieron de esperanza.
—Que coman —dijo el rey—. Que rían. Mañana volveremos a preocuparnos.
Evamora apareció tomada del brazo de Aldric. No llevaba corona. No la necesitaba. La luz que la rodeaba era otra: serena, firme, indiscutible. Aldric, a su lado, estaba extraño… como los hombres que regresan de la guerra y aún no saben si pertenecen a la paz.
Cuando Atronos alzó la copa, el murmullo cesó.
—No celebro una alianza —dijo—. Celebro una elección.
Miró a Aldric. Luego a Evamora.
—En un mundo que se cae a pedazos, ustedes eligieron amarse. Y eso… eso es un acto de valentía mayor que cualquier batalla.
Las copas chocaron. El sonido fue claro. Casi frágil.
La música comenzó suave. Risas contenidas. Algunos bailaron como quien no recuerda bien cómo se hace, pero igual lo intenta. Los niños corrían entre las mesas. El vino aflojó las lenguas y, por un rato, el miedo se quedó afuera.
Aldric y Evamora se apartaron un instante, apoyados en un balcón.
—No prometo días tranquilos —murmuró él.
Ella sonrió, cansada y luminosa.
—Prometeme solo que vas a volver siempre a casa—respondió—. Lo demás lo peleamos juntos.
Desde lejos, Atronos los observó. Y en sus ojos hubo orgullo… y algo más oscuro. El presentimiento viejo de los reyes: saber que cada celebración es también una despedida disfrazada.
La noche avanzó. Las antorchas ardieron bajo el cielo abierto.
Elorian rió.
Y el mal, paciente, tomó nota.
Porque incluso en la guerra más larga, hay instantes así:
breves, humanos, hermosos.
Justo antes de que el destino vuelva a golpear.

La música seguía sonando detrás, risas, copas, voces superpuestas. Pero para Aldric, todo se volvió un murmullo lejano cuando Evamora le tomó la mano y lo condujo fuera del salón.
El pasillo estaba apenas iluminado por antorchas bajas. Piedra antigua. Silencio tibio.
—Te estás escapando de tu propio festejo —murmuró él, con una media sonrisa cansada.
—No —respondió ella—. Me estoy robando un momento contigo.
Salieron al jardín interior. El agua de la fuente caía despacio, constante, como un corazón que insiste. Evamora se soltó el cabello; la brisa nocturna jugó con los mechones oscuros. Aldric la miró como si todavía no terminara de creer que estaba allí. Viva. Entera. Suya… y no en posesión, sino en elección.
—Cuando te perdí —dijo él, sin rodeos—, algo en mí murió también.
Hizo una pausa, tragándose el peso.
—Y cada vez que te miro ahora, temo parpadear.
Evamora apoyó la frente contra su pecho.
—Yo también tuve miedo —susurró—. De amarte. De necesitarte.
Levantó el rostro. Sus ojos brillaban.
—Pero sobreviví a la oscuridad. No pienso negarme a la luz.
Aldric alzó una mano, despacio, como si el gesto fuera sagrado, y rozó su mejilla con los nudillos. Ese contacto mínimo le recorrió el cuerpo entero, como un hechizo antiguo que por fin recordaba su nombre.
—Prometí protegerte —dijo—. Y fallé.
—No —lo corrigió ella—. Volviste. Eso es lo que hacen los que aman.
Él inclinó la cabeza. El beso fue lento, contenido, como si ambos supieran que no podían permitirse arder demasiado… pero igual lo hicieron. Labios que se reconocen después de la guerra. Manos firmes. Un suspiro compartido que parecía decir seguimos aquí.
Cuando se separaron, el apoyó la frente en la de ella.
—Habrá más batallas —dijo Evamora.
—Lo sé.
—Y aún así… —sonrió— te elijo.
Aldric cerró los ojos un instante.
Y por primera vez en mucho tiempo, el peso del mundo aflojó.
El festejo continuaba detrás.
Pero ese instante —ese— fue solo de ellos.




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