El día amaneció limpio. Un dia perfecto para entrenar con su hijo,penso Aldric.
Aldric llevó a Kaelith fuera de los muros, hacia el claro donde la hierba aún conservaba el olor a rocío y a promesas nuevas. No era un campo de batalla. Era un espacio abierto para aprender sin miedo. Para jugar con los niños.
—Hoy no entrenamos fuerza —dijo Aldric, ajustándole la pequeña protección de cuero—. Hoy entrenamos atención.
Kaelith frunció el ceño. Tenía los ojos claros de su madre… y esa profundidad inquietante que no pertenecía a ningún niño.
—¿Y si me equivoco?
Aldric sonrió, esa sonrisa torcida que solo aparecía cuando estaba con él.
—Entonces aprendemos. El mundo no se rompe por eso. Solo los orgullos.
Corrieron. Rieron. Cayeron.
Aldric le enseñó a esquivar usando el cuerpo, no la magia. A escuchar el viento antes de moverse. A sentir el suelo como un aliado. Kaelith imitaba cada gesto con una concentración feroz, pero cuando fallaba… se reía. Una risa limpia. Salvaje.
—Otra vez, papá —pidió, jadeando.
Y Aldric pensó, con una punzada dulce en el pecho, que si ese instante se congelara, valdría toda una vida.
Luego vinieron los sueños.
No con palabras. Con respiraciones entrecortadas.
Aldric lo vio detenerse de golpe, los pies aún firmes, los ojos abiertos… demasiado abiertos.
—Kaelith —dijo con calma—. Mírame.
El niño no respondía. Estaba despierto. Pero lejos.
Aldric se arrodilló frente a él y apoyó la frente en la suya.
—Escúchame. Los sueños no mandan. Tu mandas.
—Dime qué ves.
Los labios de Kaelith temblaron.
—Te veo… —susurró—.
—Garoh está ahí.
— Tu.. no..papa..estas en el piso y te cuesta levatarte.
El aire se tensó.
—¿Es un sueño completo o un fragmento? —preguntó Aldric, firme, aunque el corazón le golpeaba como un tambor de guerra.
—Es… un futuro posible —dijo Kaelith, y ahí se quebró—.
—No quiero que pase.
Las lágrimas llegaron sin permiso. Grandes. Desesperadas. Demasiado adultas para un niño.
Aldric lo envolvió de inmediato, fuerte, anclándolo.
—Escuchame bien —le dijo al oído—.
—Los sueños no son órdenes. Son advertencias.
—Y las advertencias existen para que podamos cambiar el camino.
Kaelith sollozaba.
—Te perdí… —murmuró—.
—Sentí que te perdía.
Aldric cerró los ojos un segundo. Vio a Garoh. Vio la oscuridad. Vio la posibilidad.
Y la soltó.
—Miráme —dijo, separándolo apenas—.
—Estoy aqui.
—Respirando.
—y estoy cuidandote.
Le limpió las lágrimas con el pulgar, despacio.
—Si algún día caigo —continuó—, no será por falta de amor ni por rendirme.
—Y si ese día llega… tu vas a estar preparado para sostener lo que quede en pie.
Kaelith negó con fuerza.
—No quiero un mundo sin ti.
Aldric apoyó su frente en la del niño, sonriendo con una ternura que dolía.
—Entonces vamos a pelearle juntos a ese mundo.
El sol siguió su curso. El entrenamiento terminó con risas apagadas, con abrazos largos, con silencios compartidos.
Kaelith se quedó dormido más tarde, exhausto, seguro.
Y Aldric se quedó despierto.
No temiendo al sueño del niño…
sino honrándolo.
Porque había visto el futuro muchas veces.
Y esta vez, no pensaba dejarlo ganar.
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Editado: 09.01.2026