El bosque recibió a Evamora como solo los lugares antiguos saben hacerlo: en silencio, con esa calma tensa que no promete nada y lo observa todo.
Caminaba junto a Atronos sin escolta, sin corona. Padre e hija. Rey y heredera. Dos cuerpos entrenando, dos voluntades afilándose contra el mundo.
—Otra vez —dijo Atronos, lanzando el ataque.
Evamora giró tarde. La vara de entrenamiento le rozó el hombro y la hizo retroceder.
—Si dudas, mueres —sentenció él, sin dureza, pero sin piedad.
Ella apretó los dientes.
—No dudé. Escuché.
Atronos arqueó una ceja, apenas divertido.
—El bosque miente bien.
—Y también avisa —respondió ella.
No llegaron a terminar la frase.
El aire cambió.
No fue un sonido. Fue una ausencia. Como si el bosque hubiera contenido el aliento.
Atronos alzó la mano al instante, orden silenciosa. Evamora se giró, espalda con espalda, la magia subiéndole por la sangre como una marea viva.
—Elfos —murmuró ella.
—No de los nuestros —respondió él.
Aparecieron entre los árboles como sombras con forma. Ojos claros, hojas tatuadas en la piel, arcos tensos con una precisión que no admitía errores. No traían miedo. Traían convicción.
—Evamora de Elorian —dijo uno, adelantándose—.
—Entréganos al rey y tu muerte será rápida.
Atronos dio un paso al frente.
—Qué curioso —dijo—. Siempre quieren matarme y nadie lo logra.
El elfo no sonrió.
—Rompiste el equilibrio. Tu sangre debe sellarlo.
Evamora sintió el golpe antes de que cayera la primera flecha.
—No —dijo, con voz clara—.
—Mi padre no sera su prisionero.
La batalla estalló.
Las flechas volaron como sentencias. Atronos las desvió con la espada, cada golpe exacto, cada paso medido. No luchaba con rabia. Luchaba con memoria. Con años de guerra tatuados en los músculos.
Evamora soltó la vara.
La magia respondió.
La tierra se alzó bajo sus pies, raíces emergiendo como serpientes vivas, atrapando piernas élficas. La luz brotó de sus manos, no cegadora, sino densa, poderosa, golpeando como una ola que no pide permiso.
—¡Atrás! —gritó Atronos cuando vio a dos flanquearla.
Ella no retrocedió.
Giró. Alzó ambas manos. Y el aire se curvó.
El impacto lanzó a los elfos contra los árboles, no muertos, pero derrotados por una fuerza que no buscaba destruir… sino detener.
Uno de ellos logró avanzar. Demasiado rápido.
Atronos lo interceptó.
El choque de acero y hoja resonó como un trueno contenido. El elfo cayó de rodillas, jadeando.
—No somos tus enemigos —escupió—.
—Pero tú nos obligas a serlo.
Atronos lo miró desde arriba, respiración agitada.
—Entonces elegiste mal el día.
El silencio volvió de golpe.
Los elfos retrocedieron, llevándose a sus heridos, sin promesas, sin disculpas. El bosque volvió a cerrar sus sombras como si nada hubiera ocurrido.
Evamora respiraba con dificultad. La magia aún le vibraba en las venas.
Atronos se acercó despacio.
—Luchaste bien —dijo—.
—Pero peleaste como reina… no como hija.
Ella lo miró, los ojos encendidos.
—Porque hoy no iba a perderte.
Atronos sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
Y asintió.
—Entonces el reino está a salvo —murmuró—. Dejame ver tu herida.
Ella lo miro asomrada,ya que no sabia que lo estaba.
El curo su braso con hojas de izalu.
—Mantente con vida, hija. No te arriegues innecesariamente.
Ella le dedico una bella sonrisa que desarmo el corazon del rey.
Se quedaron allí un momento, entre hojas rotas y promesas nuevas.
Sabían que aquello no había sido un ataque aislado.
Había sido un aviso.
Y el bosque, testigo antiguo, ya había elegido bando.
#2923 en Fantasía
#556 en Magia
brujas amor magia, fantasia y venganza, mundo oscuro y mundo de luz
Editado: 09.01.2026