Elorian los recibió con el rumor inquieto de quien presiente la desgracia antes de verla.
Aldric estaba en el patio cuando los vio cruzar las puertas. No escuchó explicaciones. No preguntó nada. Su mirada se clavó en Evamora… y en la sangre oscura que marcaba su costado.
El mundo se le cerró en el pecho.
No fue miedo.
Fue algo peor.
La certeza brutal de que perderla era una posibilidad real.
—Evamora… —dijo su nombre como si fuera una herida abierta.
Ella intentó sonreír, restarle peso al momento, pero cuando dio un paso en falso, Aldric ya estaba allí. La tomó en brazos sin pedir permiso, sin mirar a nadie, como si el reino entero hubiera dejado de existir.
—Aldric, no es para tanto —rió suave, apoyando la frente en su hombro—. He pasado por peores.
—No me importa —respondió él, con la voz tensa, rota—. No volverás a caminar ni un paso más hoy.
Atronos los observó en silencio mientras se alejaban. No intervino. Porque entendió algo que ningún rey puede ordenar: cuando el amor entra en pánico, no escucha jerarquías.
Aldric la llevó a su habitación como si cargara cristal vivo. Cerró la puerta con el pie. La recostó despacio, con una devoción que dolía mirar. Sus manos temblaban apenas mientras apartaba la tela manchada.
—Mírame —le pidió—. Quédate conmigo. No cierres los ojos.
—Estoy aquí —susurró ella—. Siempre lo estoy.
La herida no era mortal. Ni siquiera profunda. Pero para Aldric era suficiente como para sentir que el corazón se le desgarraba por dentro. Invocó lo poco de magia que aún respondía… y lo demás lo puso su cuerpo, su calor, su cuidado.
Cada gesto era una promesa muda.
Cada roce, un juramento.
—No se como puedes reir en un momento asi—dijo, sin mirarla—. Me aterra perderte.
Evamora rió bajito.
—Te ves como si estuviera muriendo.
—Porque algo mío sí lo haría —respondió—. Si te pierdo.
Ella alzó la mano y le tomó el rostro.
—Mírame, Aldric.
Él obedeció.
—No estoy rota —dijo—. Estoy viva. Y te amo.
—Así que deja de castigar al mundo… y mírame reírte en la cara mientras me mimas como si fuera de porcelana.
Él soltó una risa ahogada, mezcla de alivio y rendición. Apoyó la frente en la de ella.
—Eres cruel —murmuró—. Me desarmas sin luchar.
—Siempre fue el plan —respondió ella, besándolo suave— Desde el principio.
La acomodó entre las sábanas. Se quedó a su lado. Vigilante. Atento. Como si el sueño pudiera llevársela.
Evamora cerró los ojos, confiada.
—Quédate —pidió—. Aunque no sea necesario.
—No me iría —respondió él—. Ni aunque el mundo ardiera otra vez.
Y mientras la ciudad se reacomodaba afuera,
mientras las sombras planeaban su próximo movimiento,
en esa habitación no hubo guerra.
Solo un hombre que entendió, por fin,
que amar así a Evamora, era demasiado peligroso.
Pero, amaba correr el riesgo de vivir en peligro por ella.
Porque ella lo valia.
#2923 en Fantasía
#556 en Magia
brujas amor magia, fantasia y venganza, mundo oscuro y mundo de luz
Editado: 09.01.2026