Elorian dejó de respirar como ciudad… y empezó a latir como fortaleza.
Los días pasaron sin calma. No hubo amaneceres ingenuos ni noches completas. El bosque, antes aliado silencioso, devolvía rumores como presagios: ramas quebradas sin viento, hogueras apagadas con símbolos antiguos, sombras que no pertenecían a ningún cuerpo.
La oscuridad no avanzaba.
Se acercaba.
Y eso era peor.
Elgor fue el primero en decirlo en voz alta.
—No están improvisando —sentenció frente al mapa extendido sobre la mesa de piedra—. Están midiendo. Contando. Esperando que bajemos la guardia.
Había enviado espías al reino del Norte hacía semanas. Hombres y mujeres entrenados no para luchar, sino para observar sin ser vistos y recordar sin error. Algunos no regresaron. Los que sí, lo hicieron con los ojos distintos.
Uno de ellos, Kaoren, habló con voz quebrada:
—Garoh ha unido clanes que jamás se sentaron juntos. Brujas del Umbral, mercenarios del Oeste, criaturas antiguas que dormían bajo pactos olvidados.
—No marchan como ejército —tragó saliva—. Se dispersan. Se esconden. Están aprendiendo nuestros caminos.
Un murmullo recorrió la sala.
Evamora cerró los puños.
—Entonces saben demasiado.
—No lo suficiente —corrigió Aldric, de pie junto a la ventana—. Si supieran lo que somos ahora, ya estarían aquí.
No lo dijo con soberbia.
Lo dijo con peso.
Porque Elorian había cambiado.
Cada ciudadano —panadero, sanadora, aprendiz, anciano— conocía su rol si las campanas sonaban tres veces. Las calles estaban marcadas con símbolos invisibles que solo los elorianos sabían leer. Los techos ocultaban pasadizos. Las plazas, trampas. Los templos, refugios y armas.
Los niños aprendían rutas de escape como juegos.
Los viejos recordaban conjuros que creían olvidados.
Los jóvenes entrenaban hasta sangrar.
No había heroísmos innecesarios.
Solo preparación.
—Han probado nuestros límites —continuó Elgor—. Anoche, al norte del río seco, una avanzadilla oscura atacó una posta menor. No para tomarla. Para ver cuánto tardábamos en responder.
Atronos golpeó la mesa con la palma abierta.
—¿Bajas?
—Dos heridos —respondió Elgor—. Ningún muerto. Pero dejaron marcas. Runas. Una advertencia.
Silencio.
—Nos están diciendo: “sabemos dónde están”.
Evamora alzó la mirada.
—Entonces respondamos con lo único que no pueden copiar.
—¿Qué cosa? —preguntó un consejero.
Ella no dudó.
—Unidad.
Los informes siguieron cayendo como lluvia negra.
Criaturas del bosque profundo vistas al anochecer.
Brujas menores recolectando objetos de poder en aldeas olvidadas.
Mensajeros interceptados con órdenes selladas por Garoh.
La Guardiana del Umbral… ausente. Y eso era lo más alarmante.
—Cuando ella desaparece —murmuró Aldric—, es porque el siguiente movimiento no necesita correcciones.
Esa noche, Elorian no durmió.
Las antorchas ardieron en murallas y torres. Los vigías cambiaron turnos cada media hora. Los magos sellaron umbrales menores. Los guerreros repasaron mapas hasta saberlos de memoria, incluso con los ojos cerrados.
Y aun así…
El miedo caminaba bajo la piel.
No el miedo cobarde.
El miedo lúcido.
El que te recuerda que estás a punto de perder algo que amas.
Evamora observó la ciudad desde lo alto del palacio. Aldric se acercó sin hacer ruido.
—Están listos —dijo ella.
—No —respondió él—. Están decididos. Y eso es más peligroso… para todos.
—¿Para nosotros?
—Para ellos —corrigió—. Porque no pelearemos por la gloria. Pelearemos por nuestro hogar.
Un mensajero irrumpió corriendo.
—¡Movimiento en el bosque del Este! —anunció—. No avanzan… rodean.
Aldric cerró los ojos un segundo.
—Espera —susurró—. Nos están encerrando sin que lo notemos.
Abrió los ojos. Ya no había duda. Solo claridad afilada.
—Que nadie persiga sombras —ordenó—. Que nadie salga de Elorian.
—Si quieren guerra… —miró a todos— la van a tener aquí. En terreno que nos pertenece.
Las campanas no sonaron todavía.
Pero todos sabían lo que eso significaba.
La guerra no había comenzado.
Y sin embargo,
Elorian ya estaba luchando.
Porque cuando la oscuridad se acerca tanto que puedes olerla,
no queda otra opción
que aferrarse a la luz
y esperar, con el arma en la mano,
el instante exacto
en que el mundo se rompa.
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Editado: 09.01.2026