La luna no iluminó Elorian esa noche.
La marcó. Con sangre. Con herida mortal.
Era llena… y roja. Roja como una herida abierta en el cielo. Los antiguos decían que cuando la luna sangraba, el mundo recordaba viejas deudas. Aquella noche, nadie necesitó que se lo explicaran.
Las criaturas del bosque oscuro llegaron sin anuncio.
No marcharon. No rugieron.
Emergieron.
Sombras con huesos prestados, ojos como brasas enfermas, cuerpos torcidos por una magia que no entiende de equilibrio. Avanzaron hasta las puertas menores de Elorian, esas que casi nadie vigilaba porque la ciudad confiaba demasiado en su propio corazón.
En la tarde dos ancianos habian salido a buscar flores para medicina.
Habían salido antes del ocaso. Hierbas, recuerdos, costumbres viejas. Regresaban tomados del brazo, riéndose de cosas pequeñas, cuando la noche se cerró sobre ellos.
No gritaron.
No hubo tiempo.
La sangre quedó en las piedras como una firma.
El grito de alarma llegó tarde… pero no tarde para Maelira.
Ella estaba despierta. Siempre lo estaba cuando la luna cambiaba de color. La magia antigua se le había agitado en la sangre como un mal presentimiento. Cuando sintió la ruptura, no dudó.
No llamó a nadie.
No pidió refuerzos.
Corrió.
Maelira, madre de Aldric.
Abuela de Kaelith.
Esposa de Elgor.
Bruja de luz.
Llegó cuando las criaturas ya retrocedían, saciadas, y sin embargo… no huyeron. Porque la reconocieron. La magia oscura sabe cuándo ha encontrado un desafío digno.
—No cruzarán —dijo ella.
No alzó la voz. No fue necesario.
La luz brotó de sus manos como un amanecer violento. No quemaba: ordenaba. Las sombras chillaron. El aire se partió en líneas claras y negras. Magia contra magia. Verdad contra corrupción.
Maelira luchó como quien ama demasiado para retroceder.
Cada gesto suyo era un recuerdo: Aldric de niño, Kaelith dormido, Elgor esperándola al amanecer. La luz respondía porque era auténtica. Porque no buscaba destruir, sino proteger.
Pero la oscuridad no juega limpio.
Una de las criaturas se quebró en humo… y ese humo se convirtió en lanza. La atravesó.
No gritó.
Cayó de rodillas.
La luz titubeó un segundo. Solo uno.
Fue suficiente.
La magia oscura la envolvió, fría, voraz, injusta. Maelira sonrió aun así, con sangre en los labios.
—No tendrán mi miedo —susurró.
Y con el último aliento, selló el perímetro. Las criaturas retrocedieron, heridas, derrotadas… pero victoriosas.
Porque ella quedó atrás.
Cuando Elgor llegó, la sostuvo antes de que tocara el suelo.
—No —dijo, como si el mundo pudiera obedecerle—. No me dejes aquí. No te atrvas bruja del demonio. Eres mi esposa y no puedes marcharte.
Maelira lo miró. Todavía estaba allí. Todavía era ella.
—Cuida… de ellos —pidió—. De todos.
Luego, la luz se apagó.
El grito que escapo de la garganta de elgor, fue escuchado por las hienas, que acechaban cerca.
Elorian despertó tras ese agudo grito. Nadie comprendia que pasaba.
Pero al amancer todos sabian que la gran anciana de las brujas blancas, habia perecido defendiendo la ciudad.
No hubo llantos públicos. No hubo carreras. Las puertas se cerraron una a una. Las antorchas se cubrieron con telas negras. La ciudad entera entendió sin palabras.
Habían perdido a una madre.
Aldric cayó de rodillas cuando lo supo. No gritó. No maldijo. El dolor le entró como un frío antiguo, paralizante. Kaelith no preguntó nada. Solo abrazó fuerte. Demasiado fuerte para su edad.
Elgor no habló durante horas. Caminó por la ciudad como un hombre sin sombra.
Y Elorian…
Elorian respiraba dolor.
Las calles estaban de luto.
Las casas, cerradas.
El aire, pesado.
Porque cuando cae una mujer como Maelira, no muere solo una vida.
Muere un refugio.
Un faro.
Una promesa.
Y muy lejos, en el bosque oscuro, algo sonrió.
La guardiana vigilante festejaba.
La luna siguió sangrando.
Y todos supieron la verdad que nadie se atrevía a decir en voz alta:
La guerra ya no estaba acercándose.
La guerra
había cobrado su primera victima.
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Editado: 09.01.2026