Elgor no conocía el consuelo.
No esa mañana.
No en ese mundo donde su amada ya no respiraba.
La luz del amanecer tocó Elorian con timidez, como si incluso el sol pidiera perdón. Elgor no lo miró. No miró la ciudad. No miró el lugar donde Maelira había caído. Porque si lo hacía, algo dentro de él —algo antiguo y feroz— terminaría de romperse.
Y aun así… ya estaba roto.
Salió solo.
Sin escolta.
Sin despedidas.
El bosque lo recibió con un murmullo inquieto. Los árboles crujieron al reconocerlo. La tierra tembló bajo sus pasos. Elgor alzó el bastón de runas sagradas y ancestrales —ese que solo respondía cuando la sangre y la voluntad eran una misma cosa— y habló en la lengua primera.
La tierra obedeció.
El suelo se abrió como una herida reciente. Rocas, raíces y huesos antiguos cedieron, revelando una garganta negra que exhalaba aire viciado. El inframundo no se abría por invitación: se forzaba. Y Elgor lo hizo.
Descendió.
Las cavernas del submundo lo recibieron con violencia. Criaturas surgieron de las paredes, del techo, del propio aire: deformes, hambrientas, convencidas de que aquel intruso moriría como todos los demás.
Se equivocaron.
El bastón de Elgor ardió con luz rúnica. No blanca. No misericordiosa. Antigua. Cada golpe era una sentencia. La magia quemaba carne, deshacía huesos, borraba nombres. El suelo quedó sembrado de restos humeantes mientras él avanzaba sin detenerse, como una tormenta que ya no distingue cielo de tierra.
Hasta llegar al centro.
El gran agujero.
Un pozo imposible que latía como un corazón enfermo. Allí, entre vapores pestilentes y sombras retorcidas, aguardaba la jefa de aquel reino inmundo: la Gran Anciana. Decrépita. Maloliente. Vieja como el odio.
Cuando lo vio, su mundo tembló.
Nunca —jamás— un brujo del poder de Elgor había llegado tan lejos.
—¿Quién mandó matar a mi esposa? —rugió él.
Su voz no fue eco. Fue impacto. Las paredes se agrietaron.
—¡Habla, gran anciana! —repitió—. ¿Quién osó tocar a Maelira?
La criatura se estremeció. No de miedo. De terror puro. Ese que no deja margen para la mentira.
—L-la Guardiana del Umbral… —balbuceó—. Fue ella… su orden…
No alcanzó a terminar.
Elgor la tomó del cuello con una sola mano. La alzó. Sus ojos no ardían. Estaban vacíos. La presión fue seca. Precisa.
El cuello se fracturó con un sonido breve.
—Nadie —dijo, soltando el cadáver— que haya tocado mi ciudad vivirá para contarlo.
Entonces alzó el bastón por última vez.
El infierno ardió.
Runas antiguas se clavaron en el aire, sellos imposibles se cerraron uno tras otro. El fuego no iluminó: devoró. Las bestias gritaron. No por dolor solamente, sino por comprensión. Elgor lanzó el conjuro final y la puerta por la que había entrado se cerró como si nunca hubiera existido.
Todo quedó sellado.
El submundo quedó mudo.
Elgor emergió del bosque con el mismo rostro con el que había entrado… pero no con el mismo corazón. Ese ahora sangraba, herido y solitario, sostenido solo por una promesa silenciosa.
Irá a cada rincón.
A cada guarida.
A cada criatura.
Porque quien tocó a Maelira tocó su mundo entero.
Y Elgor no descansará
hasta que la última sombra aprenda
qué precio tiene
despertar la furia
de un hombre
al que le arrebataron
el amor.
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Editado: 09.01.2026