El echizo de tus ojos

Cap.Sesenta- El odio de la Guardiana del Umbral

La Guardiana del Umbral no se sentaba.
No descansaba.
Permanecía erguida, como si incluso el tiempo tuviera que rodearla con cautela.
El lugar donde se reunía con Garoh no pertenecía a ningún reino. Era una grieta entre mundos, un salón sin muros donde la sombra se enroscaba como humo paciente. Allí, el silencio no era ausencia: era contención.
Ella miraba hacia la nada.
Y en esa nada veía Elorian arder.
—Ya es tiempo —dijo, sin emoción—.
No quedará piedra sobre piedra. Ni reino, ni frontera. Cada latido de vida será borrado. Cada nombre, olvidado.
Garoh apoyó una mano sobre la empuñadura de su espada, intrigado más que alarmado. Él conocía el odio. Lo cultivaba. Pero el de ella… era distinto.
—Quiero entender algo —dijo—.
Ese odio tuyo hacia Elorian no es político. No es ambición. Es… personal.
¿Por qué?
La Guardiana giró lentamente el rostro. Sus ojos no brillaban: pesaban.
—Hace siglos —comenzó—, mi deuda pertenecía a la monarquía de Elorian.
Mi linaje era antiguo. Guardián. Sagrado.
Pero mi padre… me entregó.
Garoh frunció apenas el ceño.
—Me casó con un hechicero cruel —continuó—.
No por amor. Ni por alianza.
Por mandato ancestral.
Su voz no tembló. Nunca lo hacía.
—Ese hombre odiaba a mi padre.
Y decidió vengarse en lo único que yo amaba.
Mató a mis hijos.
El aire se tensó.
—Uno por uno.
Era un claro mensaje para mí padre.
Garoh la observó con una sonrisa ladeada, expectante.
—Y yo… —prosiguió ella— aprendí algo ese día.
Que el amor es una debilidad que el mundo siempre cobra.
Me vengué.
Maté a cada niño del palacio. No por justicia… sino por dolor y para vengar a mis niños.

Y para que Elorian entendiera el idioma que había usado conmigo.
Garoh soltó una risa baja, incómoda.
—La ciudad me desterró —dijo ella—.
Me llamaron monstruo. Abominación.
Pero olvidaron algo esencial:
mi linaje no desaparece. Se transforma.
Alzó una mano, y el Umbral respondió.
—Ese día nací como Guardiana.
Y juré que cada cien años, Elorian caería.
No siempre con fuego.
A veces con dudas.
A veces con traición.
Pero siempre… caería.
Garoh chasqueó la lengua.
—Oh… pobre mujer.
De verdad. Me das pena.
La sonrisa de la Guardiana no fue visible.
Fue sentida.
—¿Pena? —susurró—.
Tengo el poder de robarte el alma, rey del Oeste.
De arrancarte del mundo sin dejar eco.
Dio un paso hacia él.
—Cada eloriano pagará mi infortunio.
Y sigue burlándote…
porque tú podrías ser el siguiente.
Garoh alzó ambas manos, teatral.
—Está bien, está bien…
Disculpa, eminencia.
Se inclinó apenas. La burla seguía ahí.
La Guardiana no volvió a responder.
No lo necesitaba.
—Basta —sentenció—.
Es hora de atacar.
El Umbral palpitó.
—Todo está preparado.
Garoh miró hacia el cielo invisible.
—En dos noches —dijo—, la luna se teñirá de rojo.
La tormenta de sangre será la señal.
La Guardiana cerró los ojos.
—Y cuando caiga la primera gota…
el mundo recordará
por qué algunos odios
no buscan victoria.
Buscan extinción.




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