La noche parecía suspendida en un hechizo antiguo.
La luna llena, casi anaranjada, se alzaba en el cielo como un ojo abierto, sangrante, derramando un halo de teatralidad inquietante sobre Elorian.
—Mirá la luna, papá… —susurró Kaelith, con la voz temblándole apenas—. Parece que sangra.
Aldric la observó en silencio unos segundos. No había belleza en aquella luz, solo presagio.
—Sí —respondió al fin—. Y cuando la luna sangra, nada bueno camina bajo su reflejo. El mal no duerme, hijo. Acecha. Siempre lo hace.
Se puso de pie con gravedad, como si su cuerpo reconociera el llamado antes que su mente. En ese preciso instante, el rey Atronos apareció entre las sombras del corredor, con el rostro severo y los ojos encendidos de decisión.
—Es la hora —dijo—. Esta noche, Elorian demostrará de qué está hecha.
No hubo gritos ni discursos grandilocuentes. No hacían falta.
La ciudad entera parecía respirar al mismo tiempo.
Desde las torres más altas hasta las casas más humildes, los escudos mágicos comenzaron a alzarse, uno tras otro, como latidos de luz entrelazándose en el aire. Cada eloriano ocupó su lugar. Guerreros, hechiceros, ancianos y aprendices. Nadie se escondió.
Incluso el rey se preparó para la guerra.
Porque esa noche no había coronas: solo hombres y mujeres dispuestos a defender lo que amaban.
Todos sabían que el momento se acercaba.
Y sus corazones golpeaban como tambores de guerra, alineados en defensa de su fe, de sus familias, de su tierra… de su propia existencia.
Entonces ocurrió.
La primera gota cayó del cielo.
No era lluvia.
Era sangre.
La luna lloraba, y su llanto manchaba la tierra. Al mismo tiempo, un cuerno sonó a lo lejos, profundo, antinatural. El llamado de la maldad atravesó el aire como una herida abierta.
El silencio que siguió fue aterrador.
Nadie habló. Nadie respiró de más.
Cada eloriano elevó una plegaria, algunos en voz baja, otros solo con el alma. El miedo se entrelazó con el coraje, confundidos, inseparables. Porque no se trata de no temer, sino de permanecer aun con el miedo ardiendo en el pecho.
Y allí, bajo la luna sangrante, Elorian esperó.
No sabían si ganarían.
Pero estaban dispuestos a luchar.
Porque hay noches en las que vivir es resistir…
y resistir es el acto más valiente de todos.
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Editado: 09.01.2026