El echizo de tus ojos

Cap. Sesenta y dos- Tormenta de sangre

El cuerno volvió a sonar.
Esta vez no fue un aviso.
Fue una sentencia.
El cielo se desgarró como carne viva y la luna, roja y plena, dejó caer su llanto final. La sangre golpeó los escudos mágicos de Elorian y chisporroteó al contacto, como si la noche misma intentara morder la ciudad.
—¡Ahora! —ordenó el rey Atronos.
Y Elorian respondió.
Los escudos se activaron al unísono. Cúpulas de luz, runas antiguas, círculos arcanos tejidos con siglos de conocimiento. Cada barrio tenía el suyo. Cada familia, un hechizo aprendido de generación en generación. No había un solo eloriano que no estuviera peleando, aunque fuera rezando con los dientes apretados.
Las criaturas emergieron del bosque oscuro como una marea impura. No caminaban: se deslizaban, se arrastraban, volaban. Bestias sin nombre, sombras con garras, cuerpos deformados por la magia de la Guardiana del Umbral. Ojos vacíos. Hambre infinita.
—¡Arqueros! —rugió Aldric desde la muralla—. ¡A la señal!
La señal fue un relámpago negro.
Las flechas encantadas surcaron el aire, encendiéndose al vuelo. Algunas explotaban en luz, otras en fuego, otras en silencio absoluto, borrando a las criaturas como si nunca hubieran existido. Pero por cada monstruo que caía, tres más avanzaban.
Kaelith alzó las manos. Su magia, joven pero feroz, brotó desde el pecho.
—Por Elorian —susurró.
La tierra respondió. Raíces gigantes emergieron del suelo, atrapando a las criaturas, quebrándolas, devolviéndolas al polvo. La niña tembló, pero no retrocedió. Nadie lo hizo.
En la plaza central, los magos mayores formaron un círculo. Cantaron en una lengua tan antigua que dolía oírla. El aire vibró. Un muro de energía pura se levantó justo cuando una horda intentó atravesar el corazón de la ciudad.
—¡Mantengan la formación! —gritó el rey, espada en mano, luchando como uno más—. ¡Elorian no cae esta noche!
Pero entonces… ella apareció.
La Guardiana del Umbral surgió del cielo sangrante como una reina del fin. Su presencia apagó luces. Enmudeció plegarias. El suelo se agrietó bajo sus pies.
—Tantos escudos… —dijo con una sonrisa cruel—. Tantos intentos inútiles.
Alzó los brazos.
Y la magia oscura respondió.
Un golpe brutal atravesó la muralla este. El escudo cedió con un sonido parecido a un grito. Casas colapsaron. Gente cayó. Elorian sangró.
—¡No! —rugió Aldric, lanzándose al frente.
Los elorianos cerraron filas. Magia blanca contra oscuridad. Fe contra odio. Vida contra una promesa de destrucción hecha siglos atrás.
Cada hechizo tenía un nombre.
Cada golpe, un recuerdo.
Cada caída, un precio.
La batalla se volvió caos. Fuego y hielo. Sangre y luz. El aire olía a hierro y a desesperación. Pero también a algo más peligroso para la Guardiana: determinación.
Porque Elorian no era solo piedra y torres.
Era su gente.
Y cuando parecía que la noche iba a devorarlo todo, algo quedó claro:
Aquí comenzaba el final…
pero todavía no estaba escrito de quién.
Elorian seguía en pie.
Herida.
Furiosa.
Viva.
Y mientras un nuevo grito de guerra se alzaba entre las ruinas, la luna sangrante tembló por primera vez.
Porque incluso la oscuridad duda
cuando un pueblo decide no caer.




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