Elorian estaba cayendo.
No era una metáfora.
Era un conteo.
Uno a uno, los escudos se resquebrajaban. Los hechiceros caían de rodillas con las manos ensangrentadas. Las espadas pesaban como culpas viejas. La magia comenzaba a fallar, no por debilidad… sino por agotamiento.
El suelo estaba cubierto de cuerpos. Amigos. Hermanos. Maestros.
El cielo seguía sangrando.
—Ya no queda nada —susurró alguien entre sollozos.
La Guardiana del Umbral avanzó entre las ruinas con la calma de quien ya ganó. Garoh caminaba a su lado, disfrutando el espectáculo. Elorian ardía y, aun así, ella sonreía.
—¿Lo sientes? —dijo la Guardiana—. Este es el momento que esperé siglos.
Aldric cayó de rodillas.
Su espada estaba rota. Su magia, hecha trizas. Su cuerpo, cubierto de heridas que ardían como fuego abierto. Levantó la vista y vio la ciudad que había jurado proteger… muriendo.
Y algo se quebró dentro de él.
No fue ira.
Fue amor.
Amor por cada calle.
Por cada nombre.
Por cada risa que alguna vez llenó esas murallas.
El poder brotó desde lo más primitivo. No desde la magia aprendida. No desde los libros. Desde el hombre. Desde el padre. Desde el hechicero que no aceptaba perder.
Aldric se puso de pie.
La tierra tembló.
Su sangre comenzó a brillar como metal al rojo vivo. La magia emergió de su pecho, brutal, indómita, salvaje. No era elegante. Era verdadera.
—No —dijo con voz grave—. Aquí no termina nada.
La Guardiana retrocedió un paso… y luego lanzó su hechizo.
Oscuridad pura.
El impacto lanzó a Aldric contra una columna derrumbada. El golpe fue seco. Final. Silencio.
—Se acabó —sentenció Garoh.
Pero una mano tomó la de Aldric.
Evamora.
Tenía el rostro cubierto de ceniza y lágrimas. Sus labios temblaban, pero su mirada era firme.
—No estás solo —dijo–te amo. Esto es por Elorian.
Unió su magia a la de él.
La luz cambió de color. Se volvió más cálida. Más profunda.
Y entonces… un tercer pulso respondió.
Kaelith.
El niño dio un paso al frente. Pequeño. Sangrando. Valiente.
—Yo también soy Elorian.
La magia de los tres se entrelazó.
Padre.
Amor.
Legado.
El niño que ve el presente y el futuro.
El hechicero que perdió su magia al elegir salvar a su amada.
La bruja que hechiza con sus ojos.
Cada uno por separado tenía un poder distinto.
Pero unidos, su poder de magníficaba., y se glorificaba haciendolo sagrado.
Y Elogian fue testigo de su propia magia.
La magia de Elorian.
El mundo se detuvo.
No hubo sonido.
No hubo viento.
No hubo gritos.
La explosión de poder fue silenciosa y absoluta. Una ola de luz ancestral barrió la ciudad, el bosque, las sombras. Cada criatura oscura gritó una sola vez antes de desaparecer, como ceniza arrojada al vacío.
La Guardiana y Garoh unieron sus fuerzas en un último intento desesperado. Oscuridad retorcida, maldiciones antiguas, odio concentrado en un solo golpe.
No fue suficiente.
Aldric avanzó. Evamora sostuvo. Kaelith liberó.
—Por Elorian —dijeron sin palabras.
La luz los atravesó.
La Guardiana del Umbral cayó de rodillas. Su cuerpo comenzó a resquebrajarse.
—Esto… no estaba escrito… —susurró antes de romperse en polvo.
Garoh gritó. Maldijo. Suplicó.
Y desapareció con ella.
Cuando el último vestigio de oscuridad se desvaneció, el cielo volvió a ser cielo. La luna recuperó su luz pálida. El silencio regresó… pero ya no era de muerte.
Era de asombro.
Elorian había sobrevivido.
A un precio terrible.
Pero viva.
Aldric cayó de rodillas, exhausto. Evamora lo sostuvo. Kaelith se abrazó a ellos.
La guerra había terminado.
Y la historia jamás olvidaría esa noche.
Porque hubo un momento en que todo estaba perdido…
y aun así, Elorian decidió no morir.
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Editado: 09.01.2026