El echizo de tus ojos

Cap. Sesenta y cuatro- El renacer de Elorian.

El amanecer llegó sin estruendo.
No hubo trompetas ni milagros ruidosos. Solo luz.
Elorian despertó herida, pero viva. Las murallas rotas seguían en pie por pura obstinación, como viejos guerreros que se niegan a caer. Entre las ruinas brotaron manos limpiando escombros, voces llamando nombres, lágrimas cayendo sobre la tierra que aún respiraba.
La ciudad no celebró de inmediato. Primero honró.
A los caídos. A los que no volvieron. A los que se quedaron en la noche sangrienta para que el día existiera.
Y luego… empezó el resurgir.
Aldric caminó entre su gente con la cabeza baja. Ya no era solo el hombre del poder imposible, ni el héroe del final. Era el que había llegado tarde… y aun así lo había dado todo.

Se convirtió en el protector oficial de la ciudad. Su magia volvió a el,más fuerte y más sabía.
Cuando la multitud coreó su nombre, él alzó la mano.
—No —dijo con voz firme, cansada, humana—. Elorian no se salvó por mí. Se salvó porque ninguno huyó.
Ese día dejó de ser solo un guerrero.
Se convirtió en guía.
Entrenó, reconstruyó, escuchó. Aprendió que el verdadero poder no estaba en la magia que arrasó la oscuridad, sino en quedarse cuando el miedo exige huir. Sus pesadillas no se fueron… pero ya no lo gobernaban. Ahora eran brújula, no condena.
Evamora fue luz serena entre las grietas.
Donde pasaba, la gente respiraba distinto. No porque fuera reina, sino porque miraba a los ojos, tocaba manos, curaba sin prometer imposibles. Su magia cambió: ya no era solo fuego o defensa. Era sostén.
Con Aldric, no necesitó palabras grandilocuentes. Se eligieron en silencios compartidos, en noches sin sueño, en el peso mutuo de las pérdidas. Su amor no nació de la guerra… sobrevivió a ella. Y eso lo volvió indestructible.
Kaelith dejó de ser solo el niño que veía el futuro.
Siguió soñando, sí. Pero aprendió algo nuevo: que los sueños no mandan, advierten. Aldric le enseñó a empuñar la espada; Evamora, a templar el alma. Y él, pequeño y enorme a la vez, comenzó a reír otra vez.
El futuro seguía mostrándose ante sus ojos…
pero ahora también veía esperanza.
Y eso cambió todo.
Atronos, el rey, caminó sin corona durante días.
Ayudó a levantar casas, a enterrar muertos, a escuchar reproches sin defenderse. Entendió que gobernar no era mandar desde lo alto, sino permanecer de pie cuando todo se derrumba.
Cuando volvió a sentarse en el trono, lo hizo distinto. Más cansado. Más sabio. Más humano.
Elorian no volvió a ser un reino de mármol.
Volvió a ser un reino de carne, memoria y decisión.
Elgor no regresó igual del infierno que había incendiado.
La venganza no le devolvió a Maelira. Pero selló algo peor: el miedo. Ya no era solo el gran brujo. Era un viudo que aprendió a seguir respirando.
Se convirtió en guardián del límite. Del bosque. De lo que no debe cruzarse. Ya no por odio… sino por amor a lo que aún quedaba.
Cuando hablaba de Maelira, lo hacía en voz baja.
Como si ella aún escuchara.
Tal vez lo hacía.
Elorian se reconstruyó con piedra nueva y cicatrices viejas. No volvió a ser ingenua. Aprendió. Fortaleció sus muros, sí, pero también su memoria.
Porque supo que el mal siempre acecha.
Pero también supo algo más importante:
Que cuando llegue…
no encontrará una ciudad dormida.
Encontrará un pueblo que ya murió una vez…
y decidió vivir.
Y así, entre ruinas y brotes verdes, Elorian volvió a alzar la voz.
No para gritar victoria.
Sino para decirle al mundo, con calma feroz:
Aquí seguimos




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