El echizo de tus ojos

Epílogo

La noche cayó sobre Elorian sin prisa, como si también ella hubiera aprendido a descansar.
Las luces del festejo quedaron atrás. La música se apagó en murmullos felices y risas lejanas. Aldric y Evamora caminaron juntos hacia la torre alta, aquella que sobrevivió a la guerra con una grieta en la base y flores nuevas creciendo alrededor. Nada más simbólico. Nada más cierto.
Dentro, el silencio no pesaba. Acompañaba.
Aldric cerró la puerta y apoyó la frente en ella por un instante. No de cansancio. De emoción contenida. Evamora lo observó sin decir nada. Aprendieron eso: a no llenar todo con palabras.
—Nos elegimos —dijo él al fin, casi sorprendido—. De verdad.
Ella sonrió y se acercó despacio, como quien entra a un lugar sagrado.
—Lo hicimos cuando era fácil… y cuando era imposible —respondió—. Eso es elegir.
Se sentaron junto a la ventana abierta. La luna, por primera vez en mucho tiempo, era solo luna. Aldric tomó la mano de Evamora. Un escalofrío los recorrió a los dos. Siempre era así cuando se unían. Electricidad, magia.
—Tuve miedo de no ser suficiente —confesó él—. De no poder cuidarlos. De perderte.
Evamora apoyó la cabeza en su hombro.
—Y aun así te quedaste —susurró—. Incluso cuando te fuiste, tu corazón nunca abandonó este lugar… ni a mí.
Aldric besó su cabello con una ternura casi reverente. No había urgencia. No había necesidad de probar nada. El amor ya estaba ahí, respirando entre ellos, firme como piedra antigua.
—Prométeme algo —pidió ella, mirándolo a los ojos.
—Todo lo que no sea dejarte de elegir —respondió él, sin dudar.

–Cuando seamos viejos vendremos a este lugar y renovaremos nuestros votos sagrados – pidió ella.

–lLo prometo.
Evamora rió bajito. Esa risa que curó más que mil hechizos.

El se miró en esos ojos que siempre lo habían desarmado. Sintió el piso moverse bajo sus pies y lentamente beso su boca. Eran fuego. Pasión. Magia.

En el momento que te vi en aquella cueva, tus ojos me echizaron para toda la eternidad– dijo Aldric con reverencia.
Se recostaron juntos, envueltos en mantas y en futuro.

Afuera, Elorian dormía por primera vez sin miedo. Adentro, dos almas que se habían roto y reconstruido descansaban una en la otra.
Y así, sin magia desbordada ni juramentos grandilocuentes,
el amor renació.
No como fuego que arrasa.
Sino como hogar que permanece.




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