El eco de la penumbra

Capítulo 2: El Protocolo de Exclusión

A las seis de la mañana, el relevo no llegó. En su lugar, las luces rojas de emergencia del techo comenzaron a girar lentamente, acompañadas por un pitido intermitente que indicaba el inicio del Protocolo de Exclusión.

Julián corrió hacia el intercomunicador de la pared.

—¿Hola? ¿Central? Aquí Julián en el sector de sismología. Las luces de emergencia se encendieron. ¿Hay un simulacro?

La voz de la Inteligencia Artificial de la base, una voz sintetizada a la que llamaban Elena, respondió con su habitual tono desprovisto de empatía:

«Atención, operador Julián. Se ha decretado el estado de cuarentena estructural en el Nivel 4. Los ascensores neumáticos han sido bloqueados por orden de la superficie. Permanezca en su estación.»

—¿Cuarentena por qué? ¡Elena, dame especificaciones! ¿Hay una fuga de gas? ¿Un colapso de túnel? —el pánico empezaba a abrirse paso en el pecho de Julián.

«Motivo del protocolo: Anomalía biológica-acústica detectada en los sectores inferiores. Tiempo estimado de resolución: Indefinido.»

La pantalla principal de sismología volvió a parpadear. El patrón de ondas cuadradas ya no era intermitente; ahora era una constante. El monitor mostraba una cuadrícula del subsuelo. Los sensores térmicos e infrarrojos de la corporación apuntaban a una enorme cavidad natural situada a quinientos metros por debajo de la estación de Julián. Una cavidad que, según los mapas oficiales, no debería existir.

Dentro de esa cavidad, un punto de calor masivo comenzó a expandirse. No era fuego. La firma térmica indicaba algo que mantenía una temperatura constante de 37 grados Celsius, la temperatura exacta del cuerpo humano. Pero medía más de cuarenta metros de diámetro.

El intercomunicador chirrió. Esta vez no fue Elena. Fue una voz humana, ahogada, llena de estática y terror. Era la voz del director del complejo, el doctor Valenzuela, transmitiendo desde el Nivel 1, cerca de la superficie.

«¿Julián? ¿Me escuchas? Si estás ahí, no mires las pantallas de espectro completo. Apaga los canales de audio. ¡Apágalos ahora! Marcus no se volvió loco, él... él abrió la frecuencia de retorno. Dios mío, no vinimos a estudiar la falla. Vinimos a.…»

La transmisión se cortó con un estallido de estática que hizo crujir los altavoces. Un segundo después, la energía principal se apagó.

La estación Sub-Terra 4 quedó sumergida en la más absoluta oscuridad, rota únicamente por las luces químicas de emergencia de color verde oruga que delineaban el suelo. Julián se quedó inmóvil, escuchando los latidos de su propio corazón. Entonces, lo oyó. Ya no necesitaba los auriculares. El eco venía desde el suelo, vibrando a través de las suelas de sus botas de seguridad.

Pum. Pum. Pum.

Un golpe rítmico, pesado, como si algo inmenso estuviera subiendo por las escaleras de servicio de la fosa central.




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