El eco de la penumbra

Capítulo 3: La Sombra en el Conducto

Con una linterna de mano dinamo como única defensa, Julián abandonó la sala de control. El aire se sentía más espeso, cargado con un olor penetrante que le recordaba al ozono después de una tormenta eléctrica mezclado con algo dulce, vagamente orgánico, como frutas en descomposición.

El pasillo de metal corrugado se extendía hacia el infinito verde de las luces químicas. Su objetivo era llegar al búnker de evacuación secundaria, donde se guardaba un vehículo de oruga diseñado para emergencias extremas que utilizaba un túnel de ventilación viejo y no automatizado.

Mientras avanzaba, el silencio fue reemplazado por un crujido metálico constante. Las paredes de acero de la base, diseñadas para soportar presiones tectónicas brutales, se estaban combando hacia adentro. Pequeños remaches saltaban aquí y allá como proyectiles, rebotando en el suelo con chasquidos secos.

Piensa, Julián, piensa, se repetía a sí mismo, intentando controlar la hiperventilación. Es solo presión geológica. La anomalía térmica causó una dilatación del terreno. Es física básica.

De repente, la linterna iluminó algo extraño en el techo. De las rejillas del sistema de ventilación colgaba una sustancia filamentosa, similar a telas de araña oscuras, pero gruesas como cables eléctricos. Julián se acercó con cautela y rozó una de las hebras con la punta de su bolígrafo. Al contacto, el filamento se contrajo violentamente, metiéndose hacia el interior del conducto de ventilación con un sonido sibilante.

No era vegetación. No era moho.

Un ruido sordo sobre su cabeza lo hizo congelarse. Algo pesado se arrastraba por el interior de los conductos de ventilación de aluminio. Algo que raspaba las láminas de metal con garras o protuberancias duras. El sonido se movía en su misma dirección, manteniendo su mismo ritmo de caminata.

Julián apagó la linterna. El pasillo quedó sumergido en la penumbra verde.

Arriba, el arrastre se detuvo justo sobre él. A través de la rejilla de ventilación, dos puntos de una luminiscencia pálida, lechosa, aparecieron en la oscuridad. No eran ojos; eran dos esferas perfectas que emitían una vibración visual que distorsionaba el aire a su alrededor.

Una voz surgió de la rejilla, pero esta vez no usó el español arcaico. Usó la voz de su propia madre. Una voz que Julián no había escuchado en más de quince años.

—Julián, hijo, hace frío aquí abajo. ¿Por qué no enciendes la calefacción?

El terror absoluto paralizó sus músculos. Sabía que era una ilusión, un truco acústico o mental de lo que fuera que habitaba en las profundidades. Con un grito de pura adrenalina, Julián se lanzó a correr por el pasillo mientras el techo sobre él comenzaba a colapsar bajo el peso de la criatura que lo perseguía.




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