Julián logró deslizarse por la compuerta estanca del sector de mantenimiento justo antes de que el techo del pasillo principal se derrumbara por completo en una lluvia de escombros y vigas retorcidas. Giró la manivela de hierro con todas sus fuerzas, sellando el acceso.
Se encontraba en el taller de herramientas, un lugar desordenado lleno de llaves inglesas, piezas de repuesto y olor a grasa mecánica. Se apoyó contra la puerta, jadeando, con el pecho ardiéndole por el esfuerzo.
En el centro del taller, sobre una mesa de trabajo metálica, había una tableta de datos robusta, de uso militar. Tenía una pegatina que decía "M. VANCE". Era la tableta personal de Marcus. Con las manos temblorosas, Julián la encendió. La batería estaba al 12%. No requería contraseña; Marcus la había dejado abierta intencionadamente. El último video grabado tenía fecha de hacía tres días. Julián le dio al play.
La imagen mostraba a Marcus. Tenía las ojeras hundidas, la barba descuidada y los ojos inyectados en sangre. No miraba a la cámara, sino a una esquina de la habitación que quedaba fuera del encuadre.
«Si alguien encuentra esto... Valenzuela nos mintió a todos. La corporación no descubrió la falla por satélite. Ellos la crearon. Estaban haciendo pruebas de detonación cuántica profunda el año pasado. Querían ver si podían abrir grietas para la extracción de energía geotérmica de alta densidad. Pero no rompieron roca. Rompieron un sello.»
Marcus hizo una pausa, se tapó la cara con las manos y soltó una risa histérica que helaba la sangre.
«No es un monstruo, Julián... sé que serás tú quien encuentre esto, eres el único con el turno de noche. No es un animal. Es una mente. Una mente geológica. Una inteligencia que ha estado atrapada en la biosfera profunda desde antes de que los continentes se separaran. Se comunica mediante resonancia sub-acústica. Copia nuestros recuerdos a través de los campos electromagnéticos de nuestro cerebro. Nos lee como si fuéramos libros abiertos. Está asimilando la base. Quiere salir a la superficie, pero necesita interfaces humanas para entender el mundo de arriba. No luches contra el sonido, Julián. Cuanto más lo resistes, más fuerte se vuelve la alucinación. Tienes que...»
El video se cortó abruptamente cuando la pantalla de la tableta mostró un aviso de batería agotada y se apagó por completo.
Julián dejó caer el dispositivo. El suelo bajo sus pies comenzó a calentarse. Miró el termómetro ambiental del taller: la aguja subía rápidamente. 32 °C... 35 °C... 38 °C. El metal de las herramientas empezaba a dilatarse, emitiendo pequeños chasquidos metálicos.
La criatura no venía a por él para devorarlo. Venía a usarlo.