La única salida viable era el pozo de ventilación vertical que conectaba el taller con el hangar del vehículo de oruga. Julián se colocó un arnés de seguridad, enganchó su línea de vida a la guía del cable de acero y comenzó el descenso a oscuras por la escalera de gato de la fosa vertical.
Abajo, el panorama era desolador. El hangar de vehículos estaba parcialmente inundado por un líquido negro y denso que no era agua ni aceite. Parecía una amalgama de lodo magnético que se movía con voluntad propia, formando pequeñas crestas que desafiaban la gravedad. El vehículo de evacuación, un mastodonte blindado de seis ruedas y orugas reforzadas estaba allí, pero la mitad trasera del transporte ya había sido engullida por esa masa oscura.
Julián descendió los últimos peldaños y pisó el suelo del hangar. El líquido negro evitaba tocar sus botas por unos centímetros, retrocediendo como si probara el terreno.
Aceptas el sonido o te vuelves loco, se dijo Julián, recordando las palabras de Marcus.
Cerró los ojos y dejó de intentar bloquear la vibración en su cabeza. En lugar de resistirse, se concentró en el tono bajo que hacía temblar sus huesos. Al hacerlo, el miedo comenzó a disiparse, reemplazado por una extraña y abrumadora claridad.
El entorno cambió en su mente. Aunque sus ojos estaban cerrados, "vio" la base mediante la resonancia. Vio los miles de filamentos negros que envolvían la estructura de Sub-Terra 4 como un sistema nervioso gigantesco. Vio que la base entera había sucumbido; incluso arriba, en el Nivel 1, el doctor Valenzuela yacía inmóvil en su oficina, con los ojos abiertos y la mente asimilada, transformado en una antena repetidora de una estructura totalmente comprometida.
Y en el centro de todo, vio la Gran Mente de la cavidad. No era malvada. La maldad es un concepto humano, una mezquindad nacida de la escasez y el tiempo limitado. Aquella entidad era vasta, antigua como el granito, y sentía una curiosidad agónica y dolorosa por el cielo estrellado que había olvidado hacía miles de millones de años.
«Tú... eres el mensajero...», resonó una voz colectiva en el cerebro de Julián. Ya no imitaba a su madre. Era la unión de miles de voces, incluyendo la de Marcus y la de Valenzuela, armonizadas en un coro perfectamente afinado. «Llévanos arriba. Muestra el camino. El caparazón de metal que posees puede perforar la barrera superior.»
Julián abrió los ojos. La masa negra se había apartado por completo, abriendo un camino limpio hacia la cabina del vehículo de evacuación. Las llaves estaban puestas en el contacto. El panel de control del camión se encendió solo, mostrando que el tanque de combustible de hidrógeno estaba al máximo.
Subió a la cabina. El aire dentro del vehículo era limpio, filtrado. El motor de oruga rugió con una vibración mecánica reconfortante. Frente a él, la enorme compuerta de salida que daba al túnel de escape secundario comenzó a abrirse de manera lenta y pesada. El túnel ascendía con una inclinación de treinta grados directo hacia la superficie del desierto.
Pero Julián sabía que, si arrancaba ese vehículo, no iría solo. Los filamentos ya estaban adheridos al chasis inferior del camión. Si salía, la entidad se extendería por las redes de comunicación de la superficie en cuestión de horas.