El eco de la penumbra

Capítulo 6: El Dilema del Núcleo

Sentado frente al volante de cuero sintético del vehículo, Julián miró el espejo retrovisor. En los asientos traseros de la cabina de pasajeros, la masa negra comenzaba a filtrarse a través de las rejillas del aire acondicionado del vehículo. Tomaba la forma sutil de figuras humanas sentadas, siluetas que esperaban pacientemente a que él iniciara la marcha.

—¿Y si no quiero ser el mensajero? —preguntó Julián en voz alta a la cabina vacía.

Las siluetas del asiento trasero se tensaron. La vibración en su cabeza se volvió punzante, un dolor agudo que le hizo sangrar la nariz.

«No hay opción. El ciclo biológico de esta capa ha terminado. Debemos ascender. Si no conduces, la presión del núcleo colapsará esta base y saldremos de todas formas a través del cráter resultante. Pero tu especie perecerá en el cataclismo tectónico. Conduce. Minimiza el daño.»

Julián se limpió la sangre de la nariz con el dorso de la mano. Miró los controles del vehículo. Había un botón protegido por una tapa acrílica roja: SOBRECARGA DEL GENERADOR DE HIDRÓGENO. El vehículo de evacuación funcionaba con una pila de combustible experimental que, en caso de cortocircuito provocado, tenía la potencia destructiva de una pequeña bomba táctica.

Si detonaba el vehículo allí mismo, provocaría un colapso masivo, pero si subía un poco más, podría sellar herméticamente el conducto secundario. Salvar el mundo exterior a costa de su propia vida. El cliché definitivo de las novelas de héroes. Pero Julián no se sentía como un héroe; se sentía como un técnico de mantenimiento cansado, mal pagado y con ganas de volver a ver un amanecer.

—Marcus dijo que cuanto más nos resistimos, más fuerte te vuelves —dijo Julián, liberando el freno de mano—. Pero Marcus no entendió una cosa. No me estoy resistiendo. Te entiendo. Sé lo que quieres. Quieres ver las estrellas.

Julián engranó la primera marcha. El vehículo avanzó pesadamente, saliendo del hangar y adentrándose en el túnel de escape ascendente. Las orugas trituraban las rocas caídas con un estruendo metálico. Las figuras negras en los asientos traseros parecieron relajarse, adoptando posturas casi pacíficas.

El camión comenzó la larga subida de cuatro kilómetros hacia la libertad. El indicador de altitud en el salpicadero empezó a subir, pasando de los -4,000 metros a los -3,500 metros. El aire exterior, según los sensores, se volvía gradualmente menos denso.

Julián mantenía la mano derecha apoyada casualmente sobre la palanca de cambios, pero con el dedo índice rozaba la tapa de plástico roja del botón de sobrecarga. Estaba ganando tiempo. Necesitaba que el vehículo subiera lo suficiente para asegurarse de que el colapso estructural sepultara el túnel y bloqueara por completo el ascenso de la masa biológica, garantizando que la superficie quedara a salvo. El punto exacto eran los -1,500 metros.




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