El contador marcó -1,600 metros. El calor de las profundidades había quedado atrás, reemplazado por el frío natural de la roca subdesértica. El túnel de escape estaba oscuro, pero al fondo, muy a lo lejos, una debilísima claridad azulada indicaba que el final del túnel se aproximaba a la superficie, donde el sol de Atacama empezaba a salir.
«Ya casi estamos», cantó el coro en su mente. Las voces eran ahora una sinfonía de anticipación pura, una alegría cósmica que casi conmovió a Julián. La entidad estaba extasiada. Los filamentos en el exterior del camión vibraban con tal intensidad que hacían chirriar las chapas de acero.
-1,500 metros.
Julián respiró hondo. Miró por la ventana lateral las paredes de roca firme. Este era el lugar. Un punto de estrangulamiento geológico perfecto.
—Lo siento —dijo Julián, no a la entidad, sino a los fragmentos de Marcus y de los otros que habitaban en ella—. Las estrellas son hermosas, pero queman a los que viven en la oscuridad.
Con un movimiento rápido y certero, Julián levantó la tapa de acrílico roja y presionó con fuerza el botón de sobrecarga.
Una sirena estridente comenzó a sonar dentro de la cabina. Las pantallas del salpicadero cambiaron a un color rojo parpadeante: FALLO CRÍTICO DE ENERGÍA. DETONACIÓN DE PILA EN 10 SEGUNDOS.
El coro mental se transformó instantáneamente en un alarido de furia y traición. El dolor en la cabeza de Julián fue tan intenso que sus ojos se nublaron por completo de sangre. Las figuras oscuras del asiento trasero se abalanzaron hacia adelante, transformándose en garras de lodo magnético que envolvieron su cuello y sus brazos, intentando apartarlo del volante e intentando obligarlo a desactivar la secuencia. Pero el sistema del camión de escape era puramente analógico una vez iniciada la sobrecarga; no había marcha atrás.
—Nueve... ocho... —contó Julián mentalmente, manteniendo el pie a fondo en el acelerador. El vehículo seguía subiendo por inercia, devorando los últimos metros de roca antes del desastre.
Las garras negras le apretaban la garganta, impidiéndole respirar, pero Julián ya no sentía dolor. Bajo la presión cuántica de la pila colapsando, las fluctuaciones electromagnéticas afectaron el temporizador digital, ralentizándolo; entre un segundo y otro parecieron abrirse eones enteros. En esa milagrosa pausa temporal, su mente se inundó con una última imagen: una llanura inmensa de arena blanca bajo un cielo estrellado que no pertenecía a la Tierra, un recuerdo nítido de la entidad de cuando el universo era joven y las galaxias estaban tan cerca unas de otras que se podían tocar.
—Tres... dos... —el marcador digital parpadeó, distorsionado por la interferencia.
El vehículo de oruga llegó a la boca de salida del túnel. Los paneles de la compuerta exterior saltaron en mil pedazos cuando el camión los embistió.
Por una fracción de segundo, los ojos ensangrentados de Julián se abrieron y vieron el verdadero sol. Un amanecer dorado y majestuoso sobre las dunas rojas del desierto de Atacama. El aire fresco de la mañana entró por las rendijas rotas de la cabina, disipando el olor a ozono y putrefacción.
Las figuras negras en el asiento trasero se congelaron al recibir la luz solar directa. Empezaron a disolverse en un humo gris y vaporoso, emitiendo un suspiro que sonó a alivio.
Y entonces, la pila de combustible de hidrógeno alcanzó el punto de no retorno.
La explosión no fue un estallido expansivo de fuego, sino una implosión cuántica de color blanco azulado. El suelo del desierto se hundió hacia adentro en un radio de dos kilómetros, tragándose el túnel, los restos de la base entera y todo lo que intentaba escapar de ella en un abrazo definitivo de roca y olvido.
Horas más tarde, cuando los equipos de rescate de la corporación llegaron en helicóptero desde la costa, solo encontraron un cráter silencioso y liso como el vidrio bajo el implacable sol del mediodía. No había señales de la anomalía, ni del vehículo, ni de Julián.
En los sismógrafos de todo el planeta, las líneas volvieron a ser perfectamente planas, tranquilas, como si la Tierra finalmente hubiera logrado conciliar el sueño.