Seis meses después del colapso
La oficina central de la corporación Geotech Inc. en Santiago de Chile no tenía ventanas, pero el aire acondicionado filtraba un frío artificial que recordaba vagamente a las profundidades de la tierra. Sobre el escritorio de caoba del nuevo director ejecutivo, descansaba una única tableta de datos con una clasificación de seguridad máxima: PROYECTO SUB-TERRA: ARCHIVO DE CLAUSURA.
Frente al escritorio, la doctora Andrea Ramos, especialista en geodinámica cuántica y encargada de la investigación del incidente, mantenía una postura rígida.
—Los sismógrafos globales siguen estables —comenzó Andrea, rompiendo el silencio—. La firma cuántica de la detonación de hidrógeno en el sector Sub-Terra 4 creó un tapón de densidad molecular. La roca en un radio de dos kilómetros se ha vitrificado. Nada puede entrar. Y nada puede salir.
El director no levantó la vista de la pantalla. Su dedo se deslizó por las páginas del informe hasta detenerse en el apartado de bajas.
—¿Y los cuerpos? —preguntó con voz monótona—. El doctor Valenzuela, el equipo de mantenimiento... el operador de guardia. Julián.
—No quedó material genético recuperable, señor. La implosión destruyó la estructura atómica de todo lo que estaba en el hangar y en los niveles superiores. Oficialmente, el informe público atribuirá el desastre a un desprendimiento de tierra severo provocado por una bolsa de gas metano subterránea. La versión estándar de la corporación.
El director asintió levemente, pero su rostro reflejaba una duda persistente. Apagó la tableta y entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Doctora Ramos, usted revisó las transmisiones satelitales satélite-tierra que se captaron en el último milisegundo antes de la implosión. La junta directiva quiere saber si la anomalía acústica se propagó a la red externa antes de que el túnel se sellara.
Andrea dudó una fracción de segundo. Sabía que la verdad en esa corporación se pagaba cara, pero el miedo a lo que había descubierto la obligaba a ser cautelosa.
—Aislamos un microsegundo de interferencia electromagnética que logró escapar por la antena repetidora del Nivel 1 justo cuando el camión embistió la compuerta exterior. Limpiamos el ruido estático de la señal. Al principio pensamos que era un fallo de datos corruptos debido a la radiación cuántica de la pila de combustible.
—¿Y qué era en realidad?
Andrea sacó de su bolsillo un pequeño dispositivo de audio analógico, un reproductor de cinta magnética aislado para evitar cualquier conexión inalámbrica con la red de la oficina. Lo colocó sobre la mesa y presionó el botón de reproducción.
La estática inundó la habitación, áspera y fría, idéntica al sonido que Julián había escuchado en sus auriculares a las tres de la mañana. Pero esta vez, entre el siseo magnético, no había lamentos de dolor ni amenazas apocalípticas.
La modulación formaba una secuencia de notas armónicas, casi hermosas. Una melodía matemáticamente perfecta que subía y bajaba como una onda cuadrada, pero que ahora se extendía hacia frecuencias altas, inalcanzables para el oído humano pero perceptibles por los sensores atmosféricos.
Y sobre la melodía, una única palabra distorsionada, pronunciada por una amalgama de voces que sonaba a piedra y eternidad:
«...Libres...»
El audio se cortó con un chasquido analógico.
—La señal no iba dirigida a nuestros servidores —dijo Andrea en un susurro, sintiendo un escalofrío en la nuca—. No intentaron hackear la red de la superficie, ni infectar los satélites de comunicación. La frecuencia de escape fue emitida en un ángulo de noventa grados respecto al plano de la Tierra. Una transmisión vertical pura.
El director se levantó de su silla, caminó hacia la pared del fondo y encendió el proyector de mapas estelares de la corporación. El espacio exterior se desplegó ante ellos en un holograma tridimensional.
—¿Hacia dónde apuntaba la transmisión, doctora?
Andrea miró el holograma, buscando la constelación que correspondía a la trayectoria exacta que los satélites habían registrado aquella mañana en Atacama.
—Hacia el centro galáctico, señor. El mensaje tardará miles de años en llegar a su destino, pero ya está en camino. Julián no solo enterró a la criatura. Al abrir la compuerta y permitir que viera el amanecer, le dio una ventana al exterior. Lo que sea que estuvo atrapado bajo el desierto durante millones de años, finalmente pudo enviar una señal de socorro a casa.
El director guardó silencio durante un largo minuto, observando los puntos de luz flotando en la penumbra de la oficina. Luego, con un movimiento seco, presionó el botón de borrado definitivo del dispositivo de Andrea.
—El proyecto Sub-Terra queda cancelado permanentemente —sentenció el director, regresando a la oscuridad de su escritorio—. Destruya las copias físicas del diario de Marcus. Borre el nombre de Julián de los servidores activos. La Tierra vuelve a estar en silencio, doctora Ramos. Y nos aseguraremos de que se quede así.
Fuera del edificio, a miles de kilómetros de distancia, el desierto de Atacama descansaba bajo un manto de estrellas impecable. En medio de la llanura de vidrio del cráter, donde el viento soplaba con un murmullo suave, una pequeña piedra de granito vibró durante exactamente tres segundos antes de volver a quedar inmóvil, esperando una respuesta que ya cruzaba el vacío del espacio.