El Eco De Las Alas (libro I)

Capitulo ll: Las cosas que no deberían recordarse

Alondra no recordaba cómo había salido del Santuario Caído.

Eso fue lo primero que la inquietó al despertar.

El techo de su habitación estaba allí, intacto, con la grieta fina que parecía una sonrisa torcida sobre la viga principal. La luz del amanecer se colaba por la ventana como si nada hubiera ocurrido. Como si el mundo no hubiese respirado con ella la noche anterior.

Se incorporó lentamente.

El eco seguía ahí.

No era un sonido constante, sino una presencia, como una nota sostenida justo antes de romperse. Alondra se llevó la mano al pecho. Su corazón latía normal, demasiado normal para alguien que había sentido al mundo responderle.

—Fue un sueño —murmuró.

Pero al apoyar los pies en el suelo, algo brilló.

Una marca tenue, casi invisible, se dibujaba en su muñeca izquierda. No era un símbolo completo, sino un fragmento, como si alguien hubiera empezado a escribir y se hubiese detenido a mitad de trazo.

Alondra tragó saliva.

No era un sueño.

—¡ALONDRA!

La voz de Bruno llegó desde abajo, firme, impaciente, imposible de ignorar.

—¡Si no bajás ahora, voy a entrar por la ventana!

—Eso es físicamente imposible —respondió ella, aunque ya se estaba poniendo las botas.

Bruno siempre gritaba cuando estaba preocupado. Decía que no era preocupación, que era eficiencia, pero Alondra lo conocía desde que tenían memoria compartida, y sabía distinguir una cosa de la otra.

Cuando bajó, lo encontró en la cocina junto a Iria, que estaba sentada sobre la mesa, balanceando una pierna con absoluta falta de respeto por cualquier norma doméstica.

—Te tardaste —dijo Iria, sin mirarla—. Pensé que te habías evaporado.

—Soñé algo raro —contestó Alondra.

Bruno frunció el ceño.

—No —dijo—. Pasó algo raro.

Eso hizo que Iria dejara de balancear la pierna.

—¿Qué pasó? —preguntó Alondra.

Bruno apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia adelante.

—Fui al Santuario Caído esta mañana.

El eco se tensó dentro de Alondra.

—¿Por qué hiciste eso?

—Porque el viento no paraba de repetir tu nombre —respondió—. Y porque nadie más pareció notarlo.

Iria levantó una ceja.

—Eso no es normal. Ni siquiera para este pueblo.

Bruno asintió.

—El santuario… está distinto.

Alondra cerró los ojos.

—¿Cómo distinto?

—Como si alguien hubiera encendido una luz que llevaba siglos apagada —dijo—. Las marcas del suelo estaban brillando. Y había huellas.

Iria se deslizó de la mesa.

—Huellas de qué.

Bruno la miró.

—De alguien que no dudó.

El silencio cayó entre los tres, pesado.

Alondra levantó lentamente la manga y mostró la marca de su muñeca.

Iria dio un paso atrás.

—Eso no debería existir —susurró.

—¿Qué es? —preguntó Bruno.

Iria tardó demasiado en responder.

—Es un eco sellado —dijo al fin—. Una señal que solo aparece cuando alguien… despierta algo antiguo.

Bruno miró a Alondra.

—¿Qué hiciste?

Ella abrió la boca, pero las palabras no salieron enseguida. ¿Cómo se explicaba haber cantado sin saber cómo? ¿Cómo se confesaba haber sentido que el mundo la escuchaba?

—No lo sé —dijo finalmente—. Pero siento que algo me está buscando.

Iria asintió lentamente.

—No. —La corrigió—. Algo respondió.

Muy lejos de Lumeria, en un lugar donde los mapas perdían sentido, una figura observaba un espejo de agua inmóvil.

El reflejo no mostraba su rostro.

Mostraba a Alondra.

El Silente apoyó dos dedos sobre la superficie del Mar de Vidrio.

—Demasiado pronto —murmuró—. Pero no demasiado tarde.

El eco había despertado.

Y esta vez, el mundo no olvidaría.



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En el texto hay: canciones, magia, fantasiajuvenil

Editado: 29.01.2026

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