El Eco de las Cenizas

CAPÍTULO 1: LA COSECHA DEL SEGADOR

El humo del cigarrillo de Volkan se arremolinaba en el aire estancado del despacho, mezclándose con el olor metálico y denso de la sangre que comenzaba a empapar la alfombra. Volkan Voronin observó el cuerpo del hombre a sus pies con la misma indiferencia con la que se mira un cigarro consumido. Guardó su arma, una pieza de acero frío que encajó con un clic sordo en la funda de su hombro, y se sirvió un trago de whisky. El cristal del vaso tintineó contra la botella, el único sonido en una habitación que acababa de quedar en silencio eterno.

—¿Tenía algo más que deudas, Boris? —preguntó Volkan, su voz era una vibración profunda que parecía provenir del centro de la tierra.
Uno de sus hombres, apostado junto a la puerta con el rostro impasible, revisó una carpeta de cuero que había extraído del escritorio del difunto.
—Una hija, señor. Akira Elenova. Diecinueve años. Está por terminar la preparatoria.

Volkan se detuvo con el vaso a medio camino de los labios. Sus ojos oscuros, enmarcados por la sombra de una barba densa, se entrecerraron. Dejó el whisky sobre la mesa manchada y se acercó al subordinado, arrebatándole la fotografía que asomaba por la carpeta. En la imagen, una chica de piel de porcelana y ojos claros sonreía a la cámara, ajena al mundo de sombras al que pertenecía su padre.

—Tráiganla —ordenó Volkan. Sus dedos tatuados apretaron la foto, doblando la esquina del papel—. Si el padre no pudo pagar con su vida, la hija pagará con la suya. No quiero que pase de esta tarde. Recójanla cuando salga de su escuela. Que entienda desde el primer segundo que su libertad ha muerto hoy.

A varios kilómetros de distancia, Akira caminaba por la acera, ajustándose la correa de su mochila de cuero. El uniforme de la preparatoria, una falda de tablas oscura y una camisa blanca impecable, le quedaba ligeramente ajustado, marcando las curvas naturales que su padre siempre le había pedido ocultar. Akira inhaló el aire fresco, pensando en el examen de cálculo de la mañana siguiente. No tenía idea de que, en ese mismo instante, su casa era un escenario de muerte.

Se detuvo en la esquina para cruzar la calle cuando un sedán negro de vidrios polarizados frenó bruscamente frente a ella, haciendo que los neumáticos chillaran contra el asfalto. Akira retrocedió, su corazón dando un vuelco instintivo.

—¿Qué demonios...? —murmuró, apretando los libros contra su pecho.
La puerta trasera se abrió y dos hombres corpulentos, vestidos con chaquetas de cuero que no lograban ocultar el bulto de sus armas, bajaron del vehículo. Akira no esperó a que hablaran. Su instinto de supervivencia, ese que su padre siempre le dijo que era su mayor virtud, se encendió como una mecha.

—¡Atrás! ¡No se acerquen! —gritó Akira, dando media vuelta para correr en dirección opuesta.
Pero no fue lo suficientemente rápida. Uno de los hombres la alcanzó en tres zancadas, sujetándola por la cintura con una fuerza que le sacó el aire de los pulmones.
—¡Suéltenme! ¡Ayuda! ¡Policía! —chilló ella, retorciéndose con una violencia que sorprendió al guardia.
Akira clavó sus uñas en el antebrazo del hombre y pateó hacia atrás, golpeando la espinilla del segundo sujeto que intentaba sujetarle las piernas. El forcejeo fue caótico y puramente físico. Los libros de Akira cayeron al suelo, sus hojas abriéndose y ensuciándose con el barro de la acera. Ella mordió la mano que intentaba cubrirle la boca, sintiendo el sabor salado del sudor y la dureza del cuero.

—¡Maldita gata! —gruñó el hombre, dándole un tirón brusco del cabello castaño para obligarla a inclinar la cabeza hacia atrás.
El dolor fue agudo y punzante, haciendo que las lágrimas brotaran de sus ojos claros. Con un movimiento seco, la levantaron del suelo. Akira pataleó en el aire, sus zapatos escolares golpeando la carrocería del coche mientras la metían a la fuerza en el asiento trasero. El espacio era estrecho y olía a ambientador barato y pólvora.

—Si vuelves a gritar, te romperé un brazo antes de llegar a la mansión —sentenció el hombre que la inmovilizaba contra el asiento, presionando su peso sobre el cuerpo menudo de la chica.
Akira jadeaba, su pecho subiendo y bajando erráticamente bajo la camisa del uniforme. Tenía la cara roja, el cabello desordenado y el labio inferior le temblaba, pero sus ojos no mostraban derrota, sino una furia pura.
—¿Quiénes son? ¿Dónde está mi padre? —exigió, intentando recuperar el aliento mientras sentía la presión del antebrazo del guardia contra su garganta.

—Tu padre ya no es un problema, niña —respondió el conductor sin mirarla, acelerando el coche—. Ahora solo importa lo que el señor Voronin quiera hacer contigo.

El trayecto fue una tortura de minutos que parecieron horas. Akira no dejó de forcejear, intentando alcanzar la manija de la puerta o patear el respaldo del asiento, ganándose agarres cada vez más bruscos y marcas de dedos que empezaban a tornarse moradas en sus muñecas pálidas.
Cuando el coche finalmente cruzó los altos portones de hierro de la mansión Voronin, el silencio del lugar la aterró más que los gritos. Era una fortaleza de piedra rodeada de árboles desnudos por el invierno. La sacaron del coche sin delicadeza. Sus pies apenas tocaron la grava antes de ser arrastrada hacia el interior.

La mansión era un mausoleo de lujo y sombras. Akira fue conducida a través de pasillos de mármol hasta un gran salón donde un hombre estaba de pie frente a una chimenea, dándole la espalda. Era una mole de músculos, con una camisa negra que se tensaba en su espalda tatuada. El olor a whisky y tabaco turco inundaba el lugar.

—Aquí está, señor —dijo el guardia, empujando a Akira hacia adelante.
Ella tropezó, cayendo sobre sus manos y rodillas. La falda de su uniforme se subió ligeramente, dejando al descubierto sus piernas pálidas sobre el frío suelo de piedra. Akira se levantó de inmediato, limpiándose las palmas de las manos en la falda y encarando al hombre que se giraba lentamente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.