El Eco de las Cenizas

CAPÍTULO 2: ÉL PESO DEL SILENCIO

El sonido metálico del cerrojo finalizó con un eco que pareció vibrar en los huesos de Akira. La oscuridad en el sótano de la mansión Voronin no era gradual; era una masa sólida y asfixiante que le robó la vista de inmediato. Akira permaneció de rodillas, con las palmas de las manos apoyadas en el suelo de concreto frío y rugoso. El aire allí abajo era distinto al de la superficie: sabía a moho, a polvo antiguo y a ese rancio aroma de los lugares que han visto demasiado sufrimiento.

—¡Abran! ¡No pueden dejarme aquí! —su voz sonó extraña en el espacio reducido, más pequeña de lo que ella se sentía.
Se puso de pie a tientas, extendiendo los dedos hasta chocar con la pared de piedra. Empezó a caminar siguiendo el contorno de la habitación, con los pies arrastrándose para no tropezar. Eran apenas cuatro pasos en una dirección y cinco en otra. Una jaula de piedra. Al llegar de nuevo a la puerta de hierro, golpeó la superficie con el hombro, una y otra vez, intentando forzar una estructura diseñada para resistir asaltos.

El dolor comenzó a irradiar desde su clavícula hacia el cuello, un recordatorio físico de su impotencia. Se dejó caer de espaldas contra el metal, deslizándose hasta que el frío del suelo atravesó la fina tela de su falda escolar. Sus medias blancas, antes impecables, estaban ahora rotas en las rodillas y manchadas de una mezcla de polvo y la sangre de sus propios nudillos.

Las horas empezaron a desdibujarse. Sin una ventana, sin un reloj, el tiempo se convirtió en una medida de su propio malestar. El hambre, que al principio era solo un vacío molesto, se transformó en un calambre persistente que le retorcía el estómago. Pero era la sed lo que empezaba a desesperarla. Su garganta se sentía como si hubiera tragado arena, y cada vez que intentaba tragar saliva, el dolor era punzante.

En la planta superior, en una habitación bañada por la luz cálida de las lámparas de cristal, Volkan Voronin estaba sentado frente a una hilera de monitores. En su mano derecha sostenía un vaso de cristal tallado con tres dedos de un bourbon ámbar, el hielo tintineando rítmicamente. Sus ojos, oscuros y carentes de cualquier rastro de cansancio, estaban fijos en la pantalla inferior izquierda: una cámara térmica que mostraba una mancha de calor humano encogida contra la puerta del sótano.

POV VOLKAN

Encendí un cigarro, observando cómo el humo bailaba frente a la pantalla. Akira no se movía. Podía ver el contorno de su cuerpo, la forma en que su cabeza caía sobre su pecho. Era joven, demasiado joven para estar en mi mundo, pero su padre había firmado su sentencia el día que decidió que mi dinero era un préstamo a fondo perdido.

Le di una calada profunda al tabaco, sintiendo el golpe de la nicotina en mis pulmones. Me gustaba el silencio que emanaba de la celda. La mayoría de los hombres que terminaban ahí abajo gritaban hasta que se les desgarraban las cuerdas vocales, o suplicaban por sus madres. Ella no. Akira había gritado al principio, sí, pero ahora era solo silencio y resistencia física.

—Eres dura, ptichka —murmuré para mí mismo, estirando las piernas sobre el escritorio de caoba—. Veamos cuánto dura esa columna vertebral antes de que el hambre te haga doblar las rodillas.
Me levanté y caminé hacia la ventana que daba a los jardines nevados. El reflejo del cristal me devolvió la imagen de un hombre que no conocía la piedad. Mis tatuajes, los que subían por mi cuello como enredaderas de tinta, parecían brillar bajo la luz tenue. Sabía que ella me odiaba. Podía sentir ese odio a través de la cámara, un odio puro y físico. Y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que me mantenía despierto.

El frío se volvió insoportable cuando la noche (o lo que Akira suponía que era la noche) cayó sobre la mansión. Ella se ovilló sobre el colchón de muelles desnuos que había en un rincón, tratando de cubrirse con sus propios brazos. El uniforme de preparatoria, diseñado para salones con calefacción, no era rival para la humedad del sótano.

Sus dientes empezaron a chocar entre sí, un castañeo rítmico que ella no podía controlar. Intentó frotar sus brazos para generar calor, pero el cansancio físico era tal que sus extremidades se sentían como plomo. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro del hombre que la había secuestrado. No sabía su nombre, solo que era enorme, que olía a tabaco y que tenía la mirada de alguien que ya ha visto todo lo que el infierno tiene para ofrecer.
—¿Por qué? —susurró Akira a la oscuridad, su voz apenas un crujido—. ¿Qué quieres de mí?

El silencio fue su única respuesta.
Hacia lo que debían ser las primeras horas de la madrugada, Akira se levantó, impulsada por un delirio de sed. Se acercó a la pared donde antes había escuchado el goteo de una tubería. Al encontrarla, pegó su lengua al metal frío, intentando lamer la humedad que se condensaba en la superficie. Sabía a óxido y a moho, pero la gota de agua que logró rescatar fue suficiente para darle un segundo de alivio antes de que la náusea la golpeara.

Se tambaleó hacia atrás, chocando con la mesa de metal que había en el centro de la celda. Su cadera golpeó el borde afilado, y Akira soltó un grito sordo de dolor. Se llevó la mano a la zona golpeada, sintiendo cómo el tejido empezaba a inflamarse bajo la tela de la falda.
—¡Sácame de aquí! ¡Púdrete en el infierno! —gritó de repente, lanzando una patada desesperada a la puerta.
El impacto le dolió hasta la rodilla, pero no se detuvo. Empezó a golpear el metal con los talones, con los puños, con toda la rabia física que tenía acumulada. Era una lucha contra un enemigo invisible y mudo. El sudor empezó a correr por su frente, mezclándose con las lágrimas que se negaba a soltar con sonido.

En el monitor, Volkan vio cómo la mancha de calor se movía con frenesí. Dejó el vaso sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, con una sonrisa cruel curvando sus labios bajo la barba.
—Eso es, pequeña gata —susurró él, sus dedos acariciando la pantalla, justo sobre el lugar donde la cabeza de Akira golpeaba la puerta—. Pelea. Gasta toda tu energía. Cuanto más luches ahora, más rápido te quebrarás cuando entre ahí.




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