El eco de las luciérnagas

Capítulo 2: Mensajes en el polvo

La primera semana transcurrió entre pintura, café cargado y planos de restauración. La casa tenía un encanto rústico, pero el sótano seguía siendo un territorio inexplorado. Una tarde, armada con una linterna y una escoba, Elena se aventuró a bajar los escalones de piedra.

El aire allí abajo era espeso, impregnado de olor a humedad y olvido. Entre muebles cubiertos con sábanas blancas, una vieja cómoda de roble llamó su atención. Al acercar la linterna, notó algo extraño en la gruesa capa de polvo que cubría la superficie.

Había letras escritas. No eran antiguas; el trazo parecía reciente.

«Él te está mirando».

Elena retrocedió, golpeando una pila de libros antiguos que cayó al suelo con un estruendo. El corazón le latía con fuerza en la garganta. ¿Quién había entrado a su casa? Revisó las pequeñas ventanas del sótano; todas estaban selladas por dentro.

Subió las escaleras a toda prisa, cerrando la puerta del sótano con llave. Intentó racionalizarlo. Quizás el camión de la mudanza... No, las huellas eran frescas.

Esa noche, incapaz de conciliar el sueño, se asomó a la ventana de su habitación. A lo lejos, entre los árboles de la colina, la silueta de la cabaña de Liam se recortaba contra la luna. Una única luz brillaba en su ventana. De pronto, la luz se apagó. Elena sintió la certeza absoluta de que, desde la oscuridad, él la estaba observando.




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