Al día siguiente, Liam apareció en el porche con un pastel de arándanos casero. Elena, debatiéndose entre el miedo y una atracción innegable que crecía cada vez que lo veía, lo invitó a pasar. Su presencia llenaba la cocina, haciéndola sentir pequeña, pero extrañamente segura.
—Te ves cansada, Elena. ¿No has dormido bien? —preguntó Liam, sirviendo dos tazas de café con una familiaridad que no le correspondía, pero que ella no rechazó.
—He tenido... pesadillas —admitió, mirándolo fijamente—. Liam, ¿ha entrado alguien en esta casa antes de que yo llegara? ¿Algún vagabundo?
La taza de Liam se detuvo a medio camino de sus labios. Sus ojos verdes se oscurecieron por una fracción de segundos antes de recuperar su calidez habitual.
—No que yo sepa. Blackwood es un lugar tranquilo. ¿Por qué lo preguntas?
—Encontré algo en el sótano. Una nota en el polvo.
Liam dejó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia ella. Su cercanía física era abrumadora; Elena podía oler su perfume a madera de pino y lluvia. El deseo y la desconfianza se mezclaron en su pecho en un cóctel peligroso.
—Elena, la anterior dueña de esta casa... tu tía abuela... no estaba bien de la cabeza al final de sus días —dijo Liam en voz baja, con una ternura que parecía genuina—. Solía obsesionarse con que alguien la perseguía. Quizás son restos de sus delirios. No dejes que este lugar te atrape la mente. Si tienes miedo, puedes venir a mi cabaña. Estarás a salvo conmigo.
Su mano cubrió la de Elena. Estaba cálida, firme. Elena quiso creerle. Quería desesperadamente entregarse a la seguridad que esos brazos prometían. Se despidieron con una tensión palpable en el aire, un beso contenido que amenazaba con estallar en cualquier momento.