Dos días después, la tormenta estalló. La lluvia golpeaba los cristales como garras y el viento aullaba entre las vigas de la casa. A medianoche, la electricidad se cortó, sumiendo el hogar de Elena en una negrura absoluta.
De repente, un golpe seco resonó en la planta baja.
Elena se congeló en la cama. No era el viento. Alguien había roto un vidrio. Tomó la linterna y su teléfono celular (sin señal, por supuesto) y salió al pasillo. Los escalones crujían. Al llegar a la sala, vio la ventana del patio trasero hecha añicos. La lluvia entraba a raudales, empapando la alfombra.
Siguiendo el rastro de agua, sus ojos se abrieron con horror al ver la puerta del sótano: la cerradura había sido forzada. Estaba abierta de par en par.
El pánico la empujó a huir de la casa. Salió corriendo bajo la tormenta, con el agua cegándola y el barro resbalando bajo sus pies. Solo había un lugar a donde ir. La cabaña de Liam.
Corrió colina arriba, con los pulmones ardiendo. Al llegar a la cabaña, la puerta estaba entornada. Entró gritando su nombre:
—¡Liam! ¡Por favor, Liam, hay alguien en mi casa!
Nadie respondió. La cabaña estaba en penumbra, iluminada solo por los relámpagos ocasionales. Elena avanzó por el salón, buscando un teléfono de línea fija o algo para defenderse. Al pasar junto a un pequeño despacho, la linterna iluminó una mesa de trabajo.
Lo que vio la dejó petrificada.
En las paredes de la habitación de Liam había decenas de fotografías de ella. Fotos de ella llegando el primer día, fotos de ella pintando en la sala, fotos de ella durmiendo a través de la ventana de su habitación. Y en el centro de la mesa, un cuaderno abierto con anotaciones meticulosas sobre sus horarios, sus hábitos... y una copia de la llave de su casa.
Un relámpago iluminó la estancia, revelando la silueta de Liam recortada en el umbral de la puerta. Estaba empapado, sosteniendo un hacha pequeña para cortar leña.
—Te dije que el bosque era traicionero, Elena —dijo, con una voz desprovista de toda la calidez anterior—. No debiste entrar aquí.