Elena retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared de fotografías. El terror la paralizaba, pero la adrenalina empezó a bombear con fuerza. El hombre del que se estaba enamorando era su acosador.
—¿Por qué? —susurró, con lágrimas mezclándose con el agua de lluvia en sus mejillas—. ¿Qué quieres de mí?
Liam dejó caer el hacha al suelo con un golpe sordo y dio un paso hacia ella, con las hands levantadas en señal de paz. Sus ojos reflejaban una desesperación frenética, casi salvaje.
—No lo entiendes. No quiero hacerte daño, Elena. ¡Te estoy protegiendo! —exclamó él, dando otro paso—. Llevo meses vigilando esta casa. Tu tía abuela no estaba loca. Alguien la mató. Alguien que vive en este pueblo y que quiere esa propiedad. Cuando llegaste, supe que vendrían por ti. Las notas... las fotos... todo era para entender qué buscaban.
—¡Estás loco! —gritó Elena—. ¡Tienes fotos mías durmiendo! ¡Entraste a mi casa!
—¡Entré para dejarte la advertencia en el sótano porque vi a un extraño rondando tu jardín! Y la foto de la ventana... —Liam tragó saliva, desesperado—. Esa noche vi una sombra merodeando. Me quedé en el árbol vigilando hasta el amanecer para asegurarme de que no te pasara nada. ¡Tenía que registrarlo todo!
Liam se acercó y la tomó por los hombros. Su agarre era de hierro, pero no había violencia en él, sino una súplica angustiante.
—Elena, mírame. Si quisiera hacerte daño, ya lo habría hecho. Te amo. Me enamoré de ti desde el primer momento en que te vi en los planos del pueblo antes de que te mudaras. Déjame salvarte.
Elena lo miró a los ojos. En el fondo de esa mirada verde vio una chispa de obsesión, pero también una devoción ciega y protectora. Estaba atrapada entre el peligro que la acechaba en las sombras de su hogar y el monstruo que la estrechaba entre sus brazos.
Antes de que pudiera responder, un crujido fuera de la cabaña los alertó a ambos.
Las luces de la cabaña parpadearon y se encendieron de golpe, revelando una silueta alta parada en la entrada principal. Llevaba un impermeable negro y un pasamontaña. En su mano derecha brillaba el cañón de una pistola.