Las luces azules y rojas de las patrullas de policía iluminaban el bosque, reflejándose en los charcos de agua matutina. La tormenta había cesado, dejando paso a un amanecer limpio y fresco.
Marcus, el agente inmobiliario del pueblo, era llevado en muletas y esposado hacia una ambulancia. Había confesado todo bajo la presión de las pruebas que Liam había acumulado minuciosamente en su cuaderno.
Elena estaba sentada en la parte trasera de una ambulancia, con una manta térmica sobre los hombros. Liam se acercó a ella, con el hombro vendado y una expresión de profunda incertidumbre. No sabía si ella llamaría a la policía para que también se lo llevaran a él por acoso.
Se detuvo a unos metros, bajando la mirada.
—Lamento haberte asustado, Elena. Las fotos... la obsesión... sé cómo se ve. Me iré. Venderé la cabaña y no tendrás que volver a verme.
Elena se quitó la manta y se levantó. Caminó hacia él despacio. El bosque ya no parecía tan aterrador, y el hombre frente a ella, con todos sus secretos y sus métodos retorcidos, había sangrado para salvarle la vida. En este nuevo mundo roto en el que vivía, la línea entre la locura y el amor absoluto era peligrosamente delgada.
—Fue una forma muy extraña de cortejo, Liam —dijo ella, con una pequeña sonrisa temblorosa.
Liam la miró, sorprendido.
—¿No me tienes miedo?
Elena acortó la distancia y puso una mano en su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón.
—Un poco —admitió, mirándolo a los ojos—. Pero creo que puedo lidiar con un vecino que vigila mis sueños. Siempre y cuando me enseñes a usar esa hacha adecuadamente.
Liam sonrió, y esta vez la sonrisa iluminó por completo sus ojos verdes. La atrajo hacia sí con su brazo sano, sellando con un beso apasionado y hambriento una promesa nacida en la oscuridad del bosque. El eco de las luciérnagas comenzaba a brillar para ellos, marcando el inicio de una historia tan oscura como eterna.