El motor del coche ronroneaba suavemente mientras Marcos mantenía los ojos fijos en la carretera que se extendía ante él. El viaje había sido largo, pero no había vuelta atrás. Con cada kilómetro que dejaba atrás, se alejaba un poco más de la vida que conocía, de la ciudad y del caos que lo había devorado. Necesitaba escapar.
No había sido fácil. La muerte de Julia había dejado una herida abierta que no sabía cómo cerrar. Todo se había vuelto insoportable: el trabajo, los amigos, incluso su propio reflejo en el espejo. Cada rincón de su antiguo departamento le recordaba a ella, y los recuerdos se mezclaban con la culpa. Necesitaba huir de esos recuerdos, de esa culpa que lo aplastaba cada día un poco más.
Había encontrado el anuncio de Santa Lucía en un sitio web extraño, casi por casualidad. En una noche insomne, navegando sin rumbo, se topó con una página que parecía medio olvidada por el tiempo. "Santa Lucía, un refugio de paz y serenidad. Donde las preocupaciones se disuelven en el aire". Las palabras parecieron saltar de la pantalla hacia él, como si estuvieran destinadas únicamente para sus ojos. Algo en ese anuncio lo había atrapado de inmediato, algo inexplicable. No lo había pensado dos veces. Había sentido una urgencia, casi una necesidad, de ir allí. Como si ese lugar le ofreciera la salvación que tanto anhelaba.
No recordaba haber investigado mucho más. El viaje y los detalles del pueblo eran vagos en su memoria, pero el impulso había sido tan fuerte que se dejó llevar. Había alquilado el coche, empacado algunas cosas y se lanzó a la carretera. Ahora, mientras la niebla se cernía sobre el camino y el bosque lo envolvía con sus sombras, algo en su interior le susurraba que no había sido su decisión del todo. Pero lo ignoró, atribuyéndolo al cansancio.
Tras un último giro, el pueblo apareció ante él, emergiendo de la niebla como una postal antigua. Casas de piedra y madera, perfectamente alineadas, con tejados oscuros que parecían estar hechos para soportar inviernos interminables. La plaza central, dominada por una fuente antigua, se alzaba en el centro como el corazón palpitante de aquel lugar tranquilo. Detrás, la torre de una pequeña iglesia apuntaba al cielo, sólida y omnipresente.
Detuvo el coche junto a la plaza y apagó el motor. Silencio absoluto. Ni una sola persona en la calle, ni siquiera un sonido de fondo que rompiera la quietud. Solo el murmullo del viento y el chapoteo suave del agua en la fuente. La sensación de soledad le cayó encima de manera abrumadora, pero había algo más: una sensación de ser observado, aunque no podía precisar desde dónde.
Mientras bajaba del coche, sintió un cosquilleo en la nuca. Miró a su alrededor, pero no había nadie. Al otro lado de la plaza, la puerta de la iglesia estaba entreabierta, y una figura en el umbral captó su atención. Una mujer mayor, vestida con una capa oscura y un pañuelo que le cubría el cabello, lo miraba fijamente. Sus ojos eran pequeños, fríos, pero no transmitían curiosidad, solo una especie de estudio silencioso.
Marcos levantó la mano en un gesto de saludo. La mujer no respondió. Siguió observándolo en silencio, como si estuviera evaluándolo. Marcos sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero desvió la mirada y tomó su mochila del asiento trasero. Decidió no pensar demasiado en el encuentro. La posada estaba justo al lado de la plaza, una construcción de madera robusta con ventanas adornadas por cortinas de encaje. Debía registrarse antes de que cayera la noche.
Al entrar, fue recibido por una campanilla que tintineó al abrir la puerta. El interior era cálido y acogedor, con una chimenea crepitante en una esquina y el aroma a pan recién horneado flotando en el aire. Una mujer de mediana edad, con el cabello recogido en un moño, apareció detrás del mostrador.
—Bienvenido a Santa Lucía, señor. —Su voz era suave y cálida, pero había algo en su sonrisa que le resultó extraño, como si estuviera demasiado ensayada—. ¿Se queda mucho tiempo?
—No estoy seguro aún —respondió Marcos, dejando la mochila en el suelo—. Unos días, tal vez más.
—Perfecto, aquí tenemos la paz que muchos buscan —dijo ella, mientras le extendía una llave de metal pesado con un número grabado—. Su habitación está lista. Cualquier cosa que necesite, no dude en pedírmela.
Marcos asintió, agradecido, pero algo en su tono le dio la sensación de que la mujer lo observaba demasiado de cerca. ¿Todos aquí serían igual de atentos? Mientras subía las escaleras de madera que crujían bajo sus pies, se permitió un suspiro. Tal vez era el cansancio del viaje lo que lo hacía sentir incómodo. Sin embargo, aquella mirada persistente de la anciana en la iglesia seguía rondando en su mente.
La habitación era sencilla pero acogedora. Una cama amplia, un pequeño armario de madera y una ventana que daba directamente a la plaza. Desde allí, podía ver la iglesia, y aunque ya no había rastro de la anciana, la sensación de ser vigilado no desaparecía. Marcos cerró las cortinas con un gesto rápido, como si pudiera cortar aquella conexión invisible.
Se tumbó en la cama, pero su mente no se detenía. ¿Por qué Santa Lucía? Se había hecho esa pregunta más de una vez en el camino, pero no encontraba una respuesta lógica. Podría haber ido a cualquier otro lugar: un pueblo de montaña, una ciudad costera... pero algo lo había arrastrado aquí, algo que no podía explicar. Había sentido una fuerza incontrolable que lo empujaba hacia este rincón apartado, una promesa de tranquilidad que, ahora que estaba aquí, no se sentía tan tranquilizadora.