El cielo de Santa Lucía estaba cubierto por una capa espesa de nubes que ocultaba el sol. La luz grisácea daba al pueblo un aire fantasmagórico que calaba en los huesos. Marcos caminaba por las calles casi desiertas, intentando sacudirse las sensaciones que tenía desde que llegó. Desde su conversación con Álvaro, una incomodidad se había instalado en su pecho, como si las palabras del hombre hubieran tocado algo profundo dentro de él.
Todo en Santa Lucía parecía ser demasiado perfecto, una perfección que se volvía irreal cuanto más tiempo pasaba observándola. Las casas, con sus fachadas impecables, los jardines perfectamente cuidados, y los caminos sin una sola hoja fuera de lugar, todo parecía congelado en el tiempo. Los habitantes, cuando pasaban cerca de él, le sonreían siempre con la misma amabilidad ensayada, como si todos compartieran una misma consigna secreta que él no conocía.
El viento frío trajo consigo una ráfaga de susurros, apenas perceptibles, pero lo suficientemente inquietantes como para que Marcos se detuviera. Se giró, buscando el origen, pero no había nadie a la vista. Sacudió la cabeza, tratando de convencer a su mente de que era solo el viento, aunque en su interior comenzaba a dudar de todo lo que veía y escuchaba.
¿Qué estaba sucediendo en este lugar?
La iglesia, pensó de repente. Desde el primer momento, ese lugar había llamado su atención de una manera que no lograba explicar. Los habitantes parecían reunirse allí constantemente, sin embargo, cada vez que él se acercaba, el lugar estaba vacío, cerrado, como si no quisiera dejarlo entrar.
Decidido a investigar más, se encaminó hacia la iglesia. Esta vez, al acercarse, vio algo diferente: una puerta lateral, entreabierta. La misma puerta que la noche anterior había estado cerrada de manera firme.
El corazón de Marcos se aceleró. Algo lo empujaba a entrar, pero otra parte de él, más profunda, le gritaba que se mantuviera alejado. Tomó aire, tratando de controlar la ansiedad que crecía en su pecho, y empujó la puerta con cautela. Un chirrido suave resonó en el aire silencioso cuando la puerta se abrió por completo, revelando un largo pasillo oscuro iluminado apenas por la luz que se filtraba desde los vitrales.
Dentro, el ambiente era diferente. La calma que Santa Lucía pretendía proyectar no existía en la penumbra de la iglesia. En su lugar, había una sensación opresiva, una oscuridad latente que parecía empujar las paredes hacia él. Marcos avanzó lentamente, sus pasos resonando en el suelo de piedra, mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra.
De repente, un sonido lo detuvo en seco. Era un eco sordo, como si alguien o algo estuviera moviéndose en las profundidades de la iglesia. Marcos se quedó inmóvil, su respiración se volvió pesada, pero el sonido desapareció tan rápido como había llegado.
—¿Hola? —llamó, su voz apenas un susurro que parecía apagarse antes de tocar las paredes.
Ninguna respuesta.
Continuó avanzando hasta que llegó a una puerta más pequeña al final del pasillo. La curiosidad le ganaba, empujándolo a abrirla, aunque una parte de él sabía que no era buena idea. Sin pensarlo, abrió la puerta con una mezcla de precaución y esa curiosidad que no había abandonado.
Al otro lado, la sala estaba casi completamente a oscuras, iluminada solo por una vela en un rincón. Había bancos y objetos religiosos esparcidos, pero lo que llamó su atención fue un libro, grande y viejo, apoyado sobre un pedestal en el centro de la sala. La cubierta del libro estaba grabada con un símbolo que no reconoció de inmediato: un ojo cerrado rodeado de espinas que formaban un círculo alrededor de él.
El ojo cerrado parecía esconder algo, un secreto que solo aquellos que lo entendieran podrían descubrir. Las espinas lo rodeaban como si lo protegieran, o lo mantuvieran prisionero, y cuanto más tiempo lo miraba, más inquietante le parecía.
Se acercó al libro, sintiendo una atracción inexplicable hacia él. Al tocar las páginas, esa atracción creció de manera exponencial. Los textos eran antiguos, escritos en un idioma que no reconocía del todo, aunque algunas palabras parecían saltar a su vista. No pudo evitar sentirse observado, como si algo en la habitación lo estuviera vigilando en silencio.
De repente, la puerta se cerró de golpe tras él. Marcos dio un respingo, el corazón latía con fuerza y empezó a notar un ligero sudor. Giró rápidamente, pero no había nadie allí. El pánico lo invadió, su respiración se volvió agitada, y corrió hacia la puerta para abrirla, pero la cerradura parecía atascada.
—¡Vamos! —murmuró, tirando de la manilla con todas sus fuerzas.
Finalmente, la puerta cedió, abriéndose de golpe. Marcos salió corriendo de la iglesia, su mente todavía nublada por lo que acababa de presenciar. ¿Qué demonios había sido eso? No quería quedarse ni un minuto más en aquel lugar, y mientras se alejaba de la iglesia, una certeza lo invadió: había algo en Santa Lucía que le observaba. Y no era solo una persona, sino algo mucho más grande, más antiguo, que esperaba en las sombras.
De vuelta en la posada, Marcos se dejó caer en la cama, incapaz de procesar lo que había visto. Su cabeza palpitaba con preguntas sin respuesta. Las imágenes del símbolo del ojo cerrado rodeado por espinas seguían arremolinándose en su mente, y la sensación de ser vigilado lo seguía como una sombra persistente. Intentó distraerse, pero cada vez que cerraba los ojos, veía el símbolo grabado en el centro de su visión, girando lentamente. Entonces escuchó una voz, suave, pero clara: "Siempre has estado destinado a venir."